PASCUA  MARIANA

Se han disipado los últimos vestigios invernales. Un susurro de vida joven y fresca pulula y recorre la naturaleza en múltiples direcciones, que se nos cuela niña y saltarina por los oteros de nuestro ser. Y todo ello porque nos encontramos en el ecuador de la primavera, en el mes de mayo, en el mes de María.

La comunidad cristiana (La Iglesia) ha considerado al mes de mayo como el mes dedicado a la Virgen; tengamos en cuenta que nos encontramos dentro del tiempo pascual, dentro del tiempo del aleluya, donde todo es vida jubilosa en la Resurrección de Cristo y en el Pentecostés de sabor mariano. Acertado binomio de lo sobrenatural y lo terreno. Tal vez por esto, entre otras cosas, ofrecemos, en este tiempo, a la Madre del  Redentor nuestra particular primavera en flor de embriagante perfume en los levantes de la aurora y áureos atardeceres, sabedores de que Ella es la mujer privilegiada que recorrió la Pascua junto a su Hijo, por designio divino, más unida y participativa que nadie. El Concilio Vaticano II, en su Lumen Gentium, nos dice: “Colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de la humanidad. Por esta razón es nuestra Madre en el orden de la gracia.”

¡Tenemos a María como Madre! Que agradable y reconfortante es poder pronunciar a lo largo de la existencia el vocablo “madre” y concretamente en el mayo pascual, pero somos conscientes que en la temporalidad es término perecedero, tan sólo en la Virgen permanece para siempre,  Ella lo es en clave terrenal y también en el orden  perdurable, pudiendo decirle con el oficio litúrgico: “Eres Madre admirable sobre toda ponderación y mereces el eterno recuerdo de tus hijos.”

Recuerdo, que de forma singular aflora dentro de la tradición eclesial  y que ha ido creando a lo largo de los siglos múltiples manifestaciones de afecto hacia Ella. ¿ Qué pueblo o región en la geografía cristiana no  da culto a María? ¿ Dentro de las corporaciones eclesiales, no la tienen como patrona y modelo? ¿ Y dentro de la liturgia, entre otras advocaciones, los Dolores de María no aglutinan un emporio devocional...? Advocación que tiene su origen en la devoción servita desde el año, ya lejano, de 1233 y en la actualidad universalmente extendida, en la que la contemplamos asociada a la Redención por su fe y obediencia, del mismo modo que lo estuvo en la Encarnación. Y es que, sin menoscabar en nada el papel central de Cristo y de su Espíritu, María está presente en el ámbito pascual, celebrado  cada domingo a lo largo del tiempo litúrgico, pues Ella es la Madre del Señor y también de la Iglesia.

Hacia María miran los fieles que escuchan la Palabra proclamada en la asamblea dominical, aprendiendo de Ella a conservarla y meditarla dentro de sí (Lucas 2,19). Con María, los fieles aprenden a estar al pie de la cruz para ofrecer al Padre el sacrificio de Cristo y unir al mismo el ofrecimiento de la propia vida (Virgen Dolorosa). Con María, los cristianos viven el gozo de la Resurrección, haciendo propias las palabras exultantes del Magnificat (Lucas 1. 46-53).

Así, el pueblo peregrino  sigue las huellas de María, y su intercesión materna hace particularmente intensa y eficaz la oración que la comunidad creyente eleva a Dios.

La Virgen ejemplo de oración. Oración que es a su vez alabanza y súplica. Hay todo un lenguaje exterior para expresarla. A lo largo del tiempo, las diversas culturas ha adoptado distintas manifestaciones físicas para orar, desde las manos y brazos cruzados sobre el pecho de los sumerios, hasta las manos juntas o entrelazadas para los cristianos.

La iconografía mariana  nos la presenta en multitud de ocasiones orante y dolorosa con manos entrelazadas, es ejemplo de ello la bella y valiosa imagen titular de la Fraternidad Servita de Cádiz. Algo hay de sublime y misterio en el entrelazado de las manos de esta Virgen gaditana. Cuando algo de interés se quiere proteger, acariciar o conservar lo apretamos fuertemente con las manos, como queriendo perpetuar en el tiempo lo que ahora se posee. ¿Qué poseen en su interior esas manos entrelazadas de la Virgen...? Tal vez acarician las cuentas gloriosas del rosario de nuestra exultante experiencia pascual, mas también puede ser que las manos estén dando protección y consuelo a esas otras cuentas de la corona dolorosa de tantos marginados y orillados que, por el egoísmo humano, están sometidos a la desgracia terrenal... Pero, igualmente, no perdamos de vista que las manos entrelazadas de María son relicario para conservar la piedra preciosa de la gracia de Dios a la humanidad.

Por todo lo expuesto, acudamos a Ella filialmente, ofreciéndole las flores del blanco y luminoso jardín del sepulcro vacío y también, con toda confianza de vernos confortado, las espinas y maleza de nuestras debilidades.

Asidos a Ella, entrelazando nuestra manos con las suyas, tengamos la seguridad de que nuestro peregrinar está garantizado, pudiendo decir con el Apóstol: “Ya no soy yo el que vive, sino Cristo quien vive en mí.” Y entonces experimentaremos la agradable caricia de la brisa pascual en una vida nueva, como nueva debe ser , en cada amanecer, la devoción mariana, que haga brotar de los labios la salutación, conforme al texto bíblico: ”El Señor te ha bendecido con su poder...El Señor te ha bendecido más que a todas las mujeres. Bendito el Señor que ha glorificado tu nombre: por eso, los que en adelante guarden memoria de esta obra poderosa de Dios, conservarán tu esperanza.”

 

 

 Joaquín  Sánchez  Romero

(Prof. de F. Religiosa)