Una
familia con futuro
después de 700 años de vida
(Carta del Prior General a todos los hermanos y hermanas de la Familia de los Siervos de María con ocasión de los 700 años de la aprobación definitiva de la Orden, mediante la Bula "Dum Levamus", de Benedicto XI)
Ave María
Cuando se me pidió escribir algunas reflexiones sobre: "La Orden de los Siervos de María, una Orden viva después de 700 años", pensé inmediatamente en otro título, el de "una familia con futuro" y no simplemente el de una realidad que respira, que vegeta, sino en algo que tiene futuro, que camina, que lucha, que cree, que suda, que tiene esperanzas y sueños, no obstante y a pesar, por supuesto, de sus dificultades, su realidad estadística y sus problemas concretos. Por ello me atrevo en estas cuantas líneas, después de dos años de servicio como prior general en esta pequeña grande familia, a compartir con ustedes algunas reflexiones que me parece haber vislumbrado en mi ministerio, en mis visitas a las diversas jurisdicciones, en mi participación a todos los capítulos provinciales electivos del año 2003, en mis encuentros con las monjas y las religiosas, en los contactos con la Orden Seglar, con los Institutos Seculares, con las fraternidades, con las diaconías y con muchos laicos que comparten con alegría y con fe nuestro carisma, nuestra espiritualidad, nuestras "fantasías" y, por qué no, también nuestros problemas y nuestros fracasos.
Deseo aclarar que no pretendo ofrecerles ninguna reflexión histórica, ni detenerme en tantos e interesantes argumentos de nuestro patrimonio espiritual, cultural, eclesial... sino simplemente quiero "platicar" con ustedes, sobre lo que he visto y oído, sobre lo que he experimentado, sobre lo que se nos critica, sobre algunos signos de vitalidad y otros de "muerte" en nuestras comunidades, sobre las posibilidades y perspectivas que tiene nuestra familia.
Vamos a ver qué sale de todo esto. Mi intención es que estos pensamientos se circunscriban en un ámbito de fe y de esperanza, de iluminación y de camino, de confianza y fraternidad, de cercanía y acompañamiento con todos ustedes, de tal manera que juntos podamos construir y caminar, discernir y concretizar, ver y juzgar, pero sobre todo "actuar" los planes que el Señor tiene trazados para todos los hermanos y hermanas Siervos de María, para quienes pasado, presente y futuro, constituyen un espacio de orgullo, de gratitud, de desafío y de genuina participación en el plan salvífico de Dios.
1. El orgullo de un carisma
Un argumento continua y expresamente reafirmado en nuestros textos magisteriales, históricos y litúrgicos, es sin duda alguna la constatación y la convicción de que nuestro patrimonio es de grandísimo valor y actualidad. Personalmente jamás lo he dudado. El carisma de la familia de los Siervos de María, que nace con nuestros "primeros hermanos - padres", es una perla preciosa. No cabe duda, como lo dice la teología de la vida consagrada, que todo carisma es un don del Espíritu que enriquece a la Iglesia. Nuestro último Capítulo General (2001), ha recogido también esta afirmación cuando nos habla de las prioridades para el camino de la Orden en el sexenio 2001-2007 (cfr. n. 13).
Pero, ¿y nosotros, que hemos recibido este tesoro, qué hacemos, cómo lo compartimos, cómo lo damos a conocer? En ocasiones damos la impresión de que no sabemos qué hacer o de que tenemos miedo a hacer; que es muy difícil intentar algo o que no existen las fuerzas para hacerlo; que no tenemos los medios o que les toca a otros realizarlo. Todo esto puede llevarnos a una falsa resignación, a un infundado temor al riesgo, a la indiferencia, al pasivismo, a una "cobarde humildad" o a la comodidad de nuestro "hogar, dulce hogar".
Pienso que el recuerdo del séptimo centenario de la aprobación definitiva de nuestra Orden, por parte del papa Benedicto XI, el 11 de febrero de 1304, nos debe llevar a reflexionar en ese bonito periodo de nuestros orígenes, un periodo maravilloso para nuestra familia. Pienso en nuestros primeros "hermanos", en su docilidad a la voz del Espíritu que los conduce por caminos insospechables; me viene a la mente su tierno y robusto amor hacia la Madre del Señor, a quien escogieron como madre, compañera y guía en su búsqueda de Dios y en el encuentro con los hermanos. No podemos no pensar en su itinerario formativo en medio de la soledad de Monte Senario, en ese morir a sí mismos que los hace renacer como hombres espirituales dedicados totalmente a Dios y a su Iglesia. Pienso en su "subir y bajar" del Monte como testigos coherentes de las "cosas de arriba" y de las "cosas de abajo", auténticos "narradores" del evangelio de la paz y de la misericordia. Pienso en la amistad que los vinculaba y en su grande unidad, que es mucho más que una estéril uniformidad. Ellos viviendo unánimes y concordes, orientados siempre hacia Dios, han realizado un sueño raro en la Iglesia: ser una entera comunidad de santos.
Tal vez éste sea también hoy nuestro desafío. Nuestra identidad es algo más que una teoría que se prolonga a lo largo de los siglos. Nuestra identidad es una forma de ser, de vivir, de amar, de llorar, de luchar, de creer, de esperar, de compartir, de bendecir. Nuestra identidad es vida y sólo podemos estar orgullosos de nuestro carisma cuando somos "engendradores" y portadores de la vida. Si actuamos diversamente, más que estar orgullosos de un carisma y de un patrimonio, traicionamos lo que da sentido a nuestra vida de Siervos de María, ser servidores de lo más sagrado, ser servidores de la vida.
2. Signos de vitalidad y novedad
Hace algunas semanas, respondiendo a un cuestionario en preparación del Congreso Internacional sobre la Vida Consagrada, que tendrá lugar en noviembre del año 2004, tuve la oportunidad de reflexionar sobre diversos aspectos de la vida consagrada en general. En el cuestionario se hablaba de desafíos y oportunidades, de indicaciones de novedad y vitalidad, de la vida religiosa del futuro, de obstáculos, etc... Sin embargo, debo confesar que pensando en las respuestas globales, pensaba también en el ámbito más estrecho de mi familia religiosa de los Siervos de María. Un doble examen de conciencia que me ponía frente a cuestionamientos donde extrañamente se experimenta una cierta impotencia y al mismo tiempo una fuerte esperanza. Ciertamente el don de nuestra vocación es un misterio y este misterio es sólo significativo cuando obedece al llamado a ser portadores de la vida, en la sociedad y en la Iglesia, en todas sus manifestaciones.
Y nuevamente pensé en nuestros orígenes, en la figura de san Felipe Benicio, cuyo actuar fue decisivo para "salvar" la Orden, para darle vida. Él fue digno discípulo de nuestros primeros hermanos-padres, de los cuales aprendió la humildad y la santidad de vida, el espíritu de penitencia y el celo apostólico. Felipe nos enseña que la santidad no nos separa del mundo, ni nos aleja de las cosas temporales. El conservó su unión con Dios encontrando a los pobres, sirviendo a sus hermanos, resolviendo los problemas de nuestra Orden naciente. Era consciente de que la verdadera sabiduría nace de los periodos prolongados de soledad, de oración y de meditación; de la búsqueda de Dios.
Y qué decir de los demás, de san Peregrino, de Joaquín y Francisco de Siena, de Buenaventura de Pistoia, de Ubaldo de Borgo San Sepolcro, o de Santiago de Villa (Limosnero) de quien celebramos también en el 2004 el séptimo centenario de su muerte por defender los derechos de los pobres; y de santa Juliana y de todos los demás discípulos cuya santidad demuestra que antes de cualquier cosa y muy por encima de las dificultades que derivan de las circunstancias históricas que parecen adversas e insuperables, debemos anteponer una sólida y optimista búsqueda de Dios de la cual dependerá el futuro de nuestra familia.
A partir de estos orígenes nuestros, entre las respuestas a la pregunta de posibles signos de vitalidad que un carisma antiguo puede tener en un mundo moderno (la pregunta es mía y para nuestra familia o.s.m.), podría evidenciar las siguientes: la solidaridad entendida como sencillez de vida y cercanía con el mundo que nos rodea; el deseo sincero de recualificar la vida comunitaria (fraternidad y amistad); la fidelidad a la búsqueda de Dios, a su Palabra, a la oración, al silencio; el compromiso con los que menos tienen, con los desposeídos, con la justicia y la paz; el trabajo junto a los laicos; el mundo de la cultura, del estudio, de la investigación; la cercanía a los jóvenes; la "inculturación", etc... En nuestros orígenes encontramos tantos ejemplos que nos podrían iluminar a la hora de poner en práctica estas acciones.
3. Calidad de la vida comunitaria
No se trata sólo de hablar de "columnas", de identidad, de instancias, o de agregar al clásico trinomio de fraternidad, dimensión mariana y servicio, con el cual tantas veces nos identificamos y nos presentamos, otros valores como la misericordia, la justicia, la cualificación cultural-intelectual, el camino de la belleza, etc.. Se trata fundamentalmente de coherencia, de credibilidad, de vivencia, de fe, de convicciones, de integrar actitudes con servicio, vida con palabras, propuesta con testimonio.
Hace algunos años, recuerdo que hablábamos mucho de reafirmación de nuestra consagración y de recualificación de nuestro servicio. De la necesidad de saber de dónde partíamos para saber a dónde tendríamos que llegar. Sentíamos que "nuestros yo" y "nuestros nosotros", reales e ideales, tendrían que converger en un punto de encuentro y no quedarse en una permanente búsqueda inútil y vacía. Hoy estamos convencidos de que la calidad de la vida comunitaria debe crecer. El Capítulo General y las dos últimas reuniones de provinciales con el Consejo General lo han reiterado con fuerza. El diálogo, el capítulo conventual, la colegialidad, los proyectos personal y comunitario deben favorecer esta calidad de la vida comunitaria. No importa que nuestras comunidades sean de ancianos o de jóvenes, parroquiales o de inserción, modernas o tradicionales. Queremos gente satisfecha, contenta, frailes entusiastas y propositivos, hermanos críticos y deseosos de salir adelante. Qué triste escuchar comentarios de comunidades nuestras amargadas y chismosas, resignadas cómodamente e instaladas. Pareciera que han olvidado su razón de existir, su dinamismo profético, su auténtica dimensión mariana fundamentada en un sí, en un "fiat", que es ante todo disponibilidad, apertura a la voluntad de Dios.
Hay que luchar contra los obstáculos que encuentra la calidad de vida, como por ejemplo, el chisme que distorsiona, que crea prejuicios, que impide la confianza, que no "bendice" (dice bien) a los demás. Antes de hablar, de criticar, hay que preguntarnos sobre la verdad, la bondad y la utilidad de nuestras palabras. Evitar toda murmuración, toda maledicencia. Debemos insistir en lo que nos une, en el trabajo de equipo, en las metas comunes, en la confianza recíproca. En las comunidades está el futuro de nuestra familia, ya que son éstas las que prolongan el carisma, las que proyectan nuestro estilo de vida, las que presentan a nuestra familia, las que dan testimonio de lo que somos y de lo que hacemos. Es ahí, en las comunidades, convencidas y alegres, donde nace el conocimiento de nuestra familia; son el signo más sensible y más cercano al mundo de hoy, a la gente que nos rodea, de la forma de vida de los Siervos. Es en el seno de nuestras comunidades, como lo dicen nuestras Constituciones (art. 10), en donde vivimos en la búsqueda de una amistad fraternal, en el don y en la aceptación de cada uno con sus cualidades y sus limitaciones. La gloria del Señor no es sólo el hombre que vive, sino la comunidad que vive, la comunidad amada con fidelidad en las horas alegres y en las tristes. Es en la comunidad donde vivimos concordes y unánimes en la oración, en la escucha de la Palabra de Dios, en la Fracción del Pan eucarístico y del pan ganado con nuestro trabajo.
Y pienso una vez más en los inicios de nuestra Familia. La aprobación de la Orden constituye para nosotros una invitación a regresar a las raíces, ahí donde el ideal de vida de los Siervos de santa María se vivió de una manera genuina. La invitación a ser como los primeros Siervos, buscadores del Dios de Jesucristo, y a vivir el evangelio "sine glossa," la escuchamos de manera especial en el Capítulo General del 2001; primero en el mensaje que el Papa nos dirigió: "sí, busquen a Cristo, busquen su rostro (Sal 27, 8). Búsquenlo cada día desde la aurora (Sal 63, 2), con todo el corazón... búsquenlo con la tenacidad de la Sunamita (Ct 3, 1-3), con el asombro del apóstol Andrés (Jn 1, 35-39), con el impulso de María Magdalena (Jn 20, 1-18)". Y segundo, en los textos capitulares que, recogiendo las instancias de los hermanos presentes de todo el mundo, han trazado el camino de la Orden para el inicio de este nuevo milenio. Nuestras comunidades deben ser más pobres, más solidarias, menos prepotentes, más cercanas al pueblo, más insertas, mejor formadas, más fieles, más coherentes, más radicales a partir del Evangelio, más proféticas y atentas a los signos de los tiempos, más ecuménicas y más colegiales. Las primeras comunidades, de nuestros primeros hermanos-padres, atraían nuevas vocaciones por la veracidad de su testimonio de santidad y por la calidad de su vida de oración y de servicio. Un verdadero reto para todos nosotros que queremos continuar prolongando este carisma de fraternidad y de familia.
4. Comunión con la entera familia de los Siervos y Siervas de María
Algunos documentos de la Iglesia y nuestro mismo Capítulo General (2001) han hablado del nuevo milenio como de un milenio que se preanuncia en el signo de la comunión de las diversidades, de los signos de apertura y de creatividad histórica de nuestro carisma en el mosaico de presencias que en la familia de los Siervos se inspiran en Santa María (Cap. Gen. 86). Es el momento de la familia; es el momento de los laicos. Nuestros queridos Siete eran también laicos, la vida consagrada pertenece a la estructura carismática, laical, y no jerárquica de la Iglesia. La expresión más numerosa en el mundo de nuestra espiritualidad, es laical. Orden Seglar, Institutos seculares, religiosas, monjas, diaconías, amigos, fraternidades, etc... son laicos.
Queremos revitalizar algo valioso que nos pertenece. Nos cuesta trabajo; en ocasiones nos resistimos. Hay hermanos (as) muy sensibles y otros (as) indiferentes. Creemos en ello pero no hacemos nada, dejamos el trabajo a los demás, a quienes "les toca". Les confieso que yo sí creo en esta comunión y que considero urgente que continuemos trabajando en ella. El último congreso de UNIFAS ha sido evaluado por la familia como altamente positivo. Nos han llegado testimonios y evaluaciones llenas de esperanza. El Capítulo General nos invitó a revitalizar las UNIFAS regionales. Algunas se están creando, otras hay que reanimarlas. La entera familia deberá comprometerse más en estas formas de vida que aseguran la comunión, la continuidad, la presencia de los Siervos de María en el mundo. Me parece urgente dar el lugar que le corresponde a cada uno y compartir los esfuerzos y los ideales, los gozos y las esperanzas, las alegrías y las tristezas de nuestra cotidianidad como una grande familia, llena de carismas y riquezas, de "fundadores y fundadoras", de sueños y proyectos.
Por eso pienso otra vez en nuestra historia, en los orígenes, en los primeros pasos de nuestra familia, en el camino a través de los siglos. "El ideal de los Siervos siempre ha suscitado en torno a nuestras comunidades o asociado a la Orden numerosas familias y grupos que, constituyendo expresiones particulares de vida consagrada o laical, participan de nuestra única vocación" (Const. 5). "Los frailes Siervos de María, continuando una antigua y viva tradición, constituyen una sola familia con las religiosas y con los miembros de los Institutos Seculares, de la Orden Seglar y de los Grupos Laicos, que comparten el mismo ideal, los compromisos de vida evangélico-apostólica y la piedad hacia la Madre de Dios" (Const. 305).
A las múltiples expresiones de la familia de los Siervos de María, a todos los hermanos y hermanas de nuestra familia los invito a trabajar en la sensibilización, concientización y compromiso de una causa que rebasa ciertamente nuestros pequeños círculos vivenciales; de un carisma que se funda en una expresión única de fe y en un característico estilo de vivir el evangelio: ser hermanos y hermanas Siervos, que se inspiran en María; que se comprometen a mantener con todas las criaturas sólo relaciones de paz, misericordia, justicia y amor constructivo; que quieren permanecer con María a los pies de las infinitas cruces para llevarles consuelo y cooperación redentora; que quieren ser servidores de la vida y promotores de una fraternidad sin límites y de un espíritu de familia que tiene mucho que ofrecer a un mundo dividido e individualista que sufre la confusión y el peso del egoísmo y de la violencia. Ser familia, es creer los unos en los otros, es compartir la fe y las dudas, es vivir juntos los días luminosos y las noches oscuras. Nuestra familia, nuestra pequeña grande familia, debe ser capaz de cantar su propio Magnificat, de hablar, en plural, de las maravillas que Dios hace en nuestra vida.
5. El riesgo de aventurarse
Sabemos que el Evangelio es en sí mismo una aventura; que nosotros, como anunciadores, narradores, de la Buena Noticia, debemos saber aventurarnos. El Siervo y la Sierva de María, por su propia naturaleza, son hombres y mujeres de aventura, de avanzada, de lanzamiento, al menos si seguimos diciendo que María es nuestra inspiradora e imagen conductora. María se aventuró en un sí que la introdujo para siempre en la "aventura de Dios". Un sí lleno de riesgos y de realidades desconocidas. Un sí que se convirtió en una peregrinación de fe. Un sí que la llevó al servicio incondicional. Ser Siervo o Sierva de María y no correr el riesgo de la fe, de la aventura, me parece una contradicción. Tengo miedo a las comunidades instaladas, a las entidades falsamente resignadas. Existe una resignación evangélica que es justa y necesaria, pero hay una resignación humana que es cobarde y producto de nuestra sociedad de bienestar y consumismo.
He visto en los últimos años diversas comunidades que se aventuran y parten para tierras nuevas. Laicos y Diaconías que afrontan nuevas formas de servicio. Grupos de Seglares que salen al encuentro de las nuevas pobrezas. Frailes que creen que no todo está terminado y más que pensar en el "ars moriendi" piensan en el impacto carismático de nuestro ser Siervos de María, en el arte de vivir con sentido. Todo esto es muy bonito y significativo. Al inicio del tercer milenio el Papa nos invitó a remar mar adentro, a correr el riesgo de la aventura con Jesús. Nos recordó que tenemos no sólo una historia que contar sino un proyecto en el cual trabajar. Nos ha dicho que estamos a la vanguardia de la Iglesia. En el mensaje al Capítulo General 2001 nos recordó que debemos estar atentos a los signos de los tiempos, que ponderemos con esmero la perspectiva de suspender algunas actividades para responder a nuevas exigencias misioneras en Asia, África y Europa del Este. Tenemos que asumir con María y al estilo de María, nuevas decisiones cargadas de esperanza.
De vez en cuando recibimos, directa o indirectamente, propuestas, críticas, sugerencias de hermanos y hermanas que sin duda se preocupan por el futuro de la Orden. Algunas críticas son muy irónicas, otras parciales, otras constructivas y en fin otras contradictorias. No podemos siempre satisfacer a todos y les aseguramos que tampoco nos son indiferentes, que las tenemos en cuenta, que tratamos de evaluarlas. Pienso siempre que debemos concentrarnos sobre todo en las críticas abiertas, constructivas, en las menos localistas ya que la familia no es sólo regional, en las que no sólo ven la realidad que las circunda. La "base" somos todos, la solución somos todos, la respuesta es de todos y las preguntas, como nos dice el poeta Rilke, hay que saber también amarlas, porque no siempre existe para todas una respuesta. Hay que evitar en nuestros juicios de valor el sello de la infalibilidad personal y hay que promover un espíritu crítico positivo con propuestas factibles y evangélicas, que partiendo de la realidad se proyecten hacia un futuro iluminado por un verdadero discernimiento de los signos de los tiempos.
El riesgo de aventurarnos me hace pensar en nuestros orígenes y en toda la andadura histórica de nuestra familia; me hace pensar en la inspiración mendicante de la Orden, en el mandato de vivir la dimensión evangélica de la precariedad, la inseguridad y la disponibilidad a ir a donde haya necesidades urgentes (Const. 3). Tenemos tantos testimonios de vida en nuestra familia, de hombres y mujeres que han sabido correr el riesgo de la aventura y que hoy nos recuerdan la importancia de saber decir sí, al Señor y a los hermanos, a la vida y a los acontecimientos de la historia, asumiendo proyectos de fe que nos permitan construir un futuro con vida, un mañana actual y gozoso que muestre una vez más la frescura del Evangelio, el Cristo eternamente joven.
6. ¿Un aniversario más?
Estamos acostumbrados a celebrar aniversarios. Nos gustan mucho las conmemoraciones; producimos artículos y libros de calidad y rigor científico, de estricta investigación histórica. Contamos con un patrimonio cultural y espiritual extraordinarios. Pero cuando hacemos referencia a un "cumpleaños", no siempre nos preguntamos qué queremos celebrar con este aniversario. Los 700 años de la aprobación definitiva de la Orden, no deberían ser sólo el recuerdo de 700 años de un reconocimiento oficial por parte de la Iglesia. A fin de cuentas, en el año 1304, ya teníamos más de 70 años de existencia, de camino, de decisiones, de constituciones, de actas de pobreza, de espiritualidad y de figuras sobresalientes en santidad y doctrina. De cualquier manera, estos 700 años, pienso que nos recuerdan muchas cosas. Entre otras subrayo las siguientes:
Que nuestra vida tiene un sentido, que es una vida significativa, "reconocida", que tiene un valor para los demás, en la Iglesia, en la sociedad. Una vida que aparece como algo que vale la pena reconocer, como algo que ha existido, que existe y que tiene derecho a seguir existiendo, sobre todo si sigue teniendo un significado en su ser y en su quehacer, en su identidad y en su actuar, en su propuesta y en su credibilidad.
Que nuestra vida está en comunión con la Iglesia, donde la Orden nació y se desarrolló, porque como decía al inicio, nuestro carisma es un don del Espíritu que enriquece a la Iglesia, a nuestra Iglesia pecadora y santa, contradictoria y verdadera; a nuestra Iglesia confundida y siempre asistida por el Espíritu; a nuestra Iglesia pequeña y universal, tantas veces prepotente pero al mismo tiempo instrumento de salvación. Y es dentro de esta Iglesia donde debemos garantizar nuestro carisma, donde debemos ser lo que somos y hacer lo que debemos.
Que nuestra vida se renueva y que tal vez después de tantos años de esfuerzo en la reestructuración constitucional y organizativa, ha llegado el tiempo de un mayor compromiso en la recualificación de nuestra tarea religiosa, de nuestra vocación, de nuestra consagración, de nuestra misión, con un nuevo estilo, con una nueva forma de vivir los valores perennes del Evangelio, las características esenciales de nuestro carisma.
Que nuestra vida debe mantener su "altura". Que no debemos bajar la guardia ni ceder al desaliento, a la mediocridad, a la vida cómoda, a la resignación. Que vale la pena mantener la fidelidad a nuestra vocación, cimentados en Cristo, en una fuerte relación con el Único que da pleno sentido a nuestra vida; que debemos seguir siendo significativos por nuestra actitud de conversión, por la vivencia de la caridad, por nuestra coherencia, por la forma en que prolongamos los sentimientos de Cristo inspirándonos en Santa María.
Que debemos afrontar con esperanza las instancias que nos preocupan y desafían, como por ejemplo: Nuestros frailes ancianos con la inmensa riqueza de sus vidas, de sus experiencias, de sus talentos. Nuestros jóvenes frailes cargados de temores y expectativas. Nuestros laicos con quienes debemos caminar en interacción y reciprocidad. Todas las expresiones de nuestra familia religiosa o.s.m. que configuran el rostro de nuestra plena identidad mariana de Siervos.
Que no debemos tener miedo al diálogo, a la colegialidad, a los proyectos de vida, a los capítulos, a las nuevas formas de servicio, a la misionaridad, a las nuevas presencias, al mundo de los jóvenes, al compromiso con la justicia y la paz, a la práctica de la misericordia, a los nuevos desafíos de la "piedad" mariana, a las estadísticas, a la disminución de los recursos económicos, a la reducción de las estructuras, a la formación cada día más exigente, a la especialización humanística, científica, cultural y teológica, a las nuevas formas de gobierno, a las comunidades interculturales, ......
Que nuestra familia, después de 700 años, tiene futuro.
Conclusión
Bueno, llegamos al final. Tal vez estas consideraciones pudieron haber sido organizadas de mejor manera; por esta vez así las dejamos, con la esperanza de que puedan ayudarnos en nuestra reflexión. Creo que la relectura de los orígenes, el volver a las raíces, el recordar este aniversario, no es una cuestión del pasado, sino del futuro. No podemos continuar anclados en esa especie de "fundamentalismo estático", temeroso, que nos impide ser más proféticos. La vida, nuestra vida, hay que entenderla como un "sueño", como un proyecto y no simplemente como una serie de normas, de rúbricas estériles. La pasión por Dios y por el hombre y la mujer de nuestro tiempo es lo que da razón a nuestra forma de vivir el Evangelio. No estamos en función de nosotros mismos o de nuestras comunidades, estamos en función del Reino, a partir de nuestra vida fraternal, de una verdadera vida fraternal (Const. 111). Nuestra Orden ha surgido como una expresión de vida evangélico-apostólica, como una comunidad de hombres reunidos en el nombre del Señor. Somos enviados de Cristo para servir como testigos vivos del Evangelio (Const. 112); testigos, no simples funcionarios. El testigo habla de Cristo, narra la historia del Señor de una manera viva; la encarna, encarna sus sentimientos "revistiéndose" de ellos. Por eso debemos caminar más con el pueblo, con los problemas de la gente y aprender a reconocer en el rostro de los demás el rostro de Cristo. Esto sin duda nos ayudará a "desdramatizar" tantos problemas tontos que tenemos y que nos creamos al interno de nuestras comunidades, de nuestras provincias, de nuestra entera familia religiosa. Nos ayudará a salir de esa vida aburguesada y sin riesgos que muchas veces nos hace olvidar que hay que conformarnos con Cristo que vino para servir y dar la vida por los demás (Const. 2). Nos ayudará a ser más misericordiosos, que es una de las características de la vida de los Siervos (Const. 52), para poder "inclinarnos", con reverencia, a la miseria humana y sacarla de su estado de postración. En este camino tenemos quien nos dé una mano. Desde nuestros orígenes nos hemos dedicado a Ella, la bendita del Altísimo; nos hemos inspirado en Ella, la Madre y Sierva del Señor; hemos aprendido de Ella, la mujer humilde; la hemos honrado, porque es nuestra Señora; hemos tratado de imitarla, porque es altísimo ejemplo de criatura orante; y sobre todo ha sido y es la imagen que nos guía en nuestro compromiso de servicio, en nuestro deseo de estar a los pies de las infinitas cruces donde el Hijo del Hombre sigue todavía crucificado en sus hermanos.
Que el Señor nos conceda sabiduría y discernimiento y Santa María nos muestre siempre el camino hacia Cristo.
Desde nuestro convento de san Marcelo de Urbe, 15 de enero de 2004, Memoria del Beato Santiago de Villa, Limosnero
Fr.
Ángel Mª Ruiz Garnica, o.s.m.
Prior General