UN SACRAMENTO DE CURACIÓN
PUNTO DE PARTIDA: LOS ENCUENTROS DE JESÚS CON LOS PECADORES
El sacramento de la Penitencia siempre ha resultado difícil de aceptar por su mismo ser, ya que se trata de un sacramento destinado de forma específica a nosotros, cristianos pecadores. Es evidente que a nadie le gusta reconocerse así. Esta actitud se encuentra profundamente asentada en el corazón humano. Nuestra actitud natural es siempre la de exculparnos y culpar a los demás. El problema fundamental para el reconocimiento de los pecadores es siempre el desconocimiento de Dios. El hombre aplica a Dios la lógica humana, la de la justicia terrena: el que la hace la paga; ello le conduce al miedo. Para convencernos de que esto no es así, de que Dios actúa de forma diferente con nosotros, Jesús no se cansa de repetir, que ha venido a curar y a salvar lo que estaba perdido, a dar su vida en rescate por nosotros, por el perdón de nuestros pecados. Este es el mensaje que, corroborado por el testimonio de su propia vida, recorre el evangelio de principio a fin.
Nos encontramos ante una cuestión que afecta a la esencia del Evangelio. Marcos comienza su narración con el anuncio gozoso de la buena noticia del perdón de los pecados y con la llamada a la acogida de este don por parte de los hombres, mediante una actitud de conversión o de arrepentimiento, que implica un nuevo modo de pensar y de actuar: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca: convertios y creed en la Buena Nueva" (Mc 1,15).
Los primeros signos que suceden a este anuncio son curaciones (el endemoniado, la suegra de Simón, el leproso: Mc. 1,21 ss), conducente hacia su significado último, que no es otro que el del perdón de los pecados, tal como aparece en el encuentro con el paralítico (Mc 2, 1-12) y en la posterior comida con los pecadores en casa de Leví (Mc 2, 15-17). En el caso de Lucas, la llegada del Reino de Dios consiste esencialmente en que los hombres son liberados de la esclavitud del pecado. Así nos lo muestra la presentación de Jesús en la sinagoga de Nazaret, donde su misión aparece como un gran jubileo, el definitivo, en el que llega el perdón de Dios (Lc 4, 16-22).
En resumen, todos los textos evangélicos nos manifiestan que la "buena noticia" del Reino concierne ante todo a los pecadores: por fin hay salvación para ellos, que les cura de todo aquello que ocasiona el sufrimiento humano. La misión de la Iglesia aparecerá descrita de la misma manera. Consistirá en la actualización permanente de la salvación acontecida en Jesús. Por eso, Jesús resucitado les otorga a los apóstoles su mismo Espíritu: "Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn 20, 23). La respuesta que Jesús espera en todos sus encuentros con los pecadores es la del simple reconocimiento de la necesidad que tienen de salvación. Con los únicos con los que no tiene nada que hacer es con quienes creen que no han de arrepentirse de nada y que no necesitan el perdón de nadie; a estos, Dios les sobra. Esta doble reacción ante la salvación de Dios, viene magistralmente resumida en la parábola del fariseo y del publicano, dirigida precisamente por Jesús a "algunos que se tenían por justos" (Lc 18, 9-14)
Algo que debe ser destacado es que la curación de Jesús se dirige siempre a cada persona que es alguien amado, único, irrepetible en el plan de Dios, y cada uno posee sus dolencias específicas, concretas, que precisan de un tratamiento propio. En todas las escenas en las que se nos narran encuentros de Jesús con personas enfermas o pecadoras, en definitiva necesitadas de salvación, él siempre espera una respuesta por parte de sus destinatarios.
No podría ser de otro modo, pues se trata de encuentros interpersonales, en los que acontece una demanda y una respuesta. Ésta pasa por el arrepentimiento de la vida anterior y el deseo de un nuevo comienzo en su existencia, que ahora sí es posible, porque han encontrado a quien les libera del pecado. Dicha vida nueva se manifiesta de diferentes modos: Zaqueo, cuando Jesús le dice: "hoy ha llegado la salvación a esta casa" (Lc 19, 8-9). El centurión romano, al afirmar de sí mismo: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa" (Mt 8, 7-8). La mujer pecadora pública, cuando se entera de la presencia de Jesús, expresa este mismo sentimiento de arrepentimiento en su forma más elocuente: se postra ante él y comienza a llorar, derramando sus lágrimas; por eso le quedan perdonados, porque "ha mostrado mucho amor" (Lc 7, 37-50).El buen ladrón también reconoce su culpa, "lo hemos merecido con nuestros hechos", y, a continuación, en vez de increpar a Jesús, apela a su misericordia, con la petición de que se acuerde de él, algo que se verá correspondido con el último gesto salvífico de Jesús: "Yo te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso" (Lc 23, 39-43).
La parábola que mejor resume este proceso de encuentro es la del hijo pródigo (Lc 15, 11-31). Dios, (el padre), espera siempre la vuelta de su hijo, pero también respeta su libertad. El regreso se produce cuando el hijo, tras experimentar el vacío, el engaño y el sufrimiento al que le ha llevado su alejamiento de la casa del padre, decide volver a él. Lo primero que se nos dice del hijo es su toma de conciencia y su sincero reconocimiento del pecado cometido: "entrando dentro de sí mismo", vuelve a su padre y le dice: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, no merezco ser llamado hijo tuyo". Aparece también el fin último de lo que será este sacramento: la absolución, mediante la cual Dios declara inocente a quien reconoce su culpa. Y es que el gozo de Dios es el perdón de los pecados: "Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión" (Lc 15, 7)
Junto al carácter personal de todas estas escenas de curación, aparece también su repercusión en la vida fraterna. Todo perdón de los pecados supone siempre la reincorporación del pecador a la comunidad creyente, de la que el pecado le había excluido. Quien mejor nos narra este proceso de corrección fraterna, es la parábola de la oveja perdida y su consiguiente aplicación (Mt 18, 12-18 y 1Co 5, 1-11), donde se nos presenta ya el principio de gradualidad que caracterizará la acción eclesial para con el pecado de sus miembros, a fin de reconducir al pecador a la comunión plena. Ahí radicará precisamente el fundamento de la eclesialidad de la Penitencia que, unida a su dimensión personal, darán lugar a los elementos estructurantes del sacramento: el componente subjetivo, aportado por el penitente, y la mediación de la Iglesia, que le garantiza la objetividad y le impide caer en el subjetivismo.
En efecto, la necesidad de la reconciliación sacramental aparece cuando el hombre experimenta que el nuevo nacimiento en el bautismo no suprime la fragilidad de su naturaleza, porque la vida nueva en Cristo la lleva en un "vaso de barro" que es él mismo. San Pablo expresaba esta debilidad propia de la condición humana de forma magistral, al reconocer que "no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero" (Rom 7, 19). Por eso, la Iglesia descubrió desde sus inicios la necesidad de ofrecer a sus hijos que recaían en el pecado un nuevo signo que restaurase en ellos la salud plena, en virtud del poder recibido de Cristo para ello (Jn 20, 23).
Gracias a esta nueva posibilidad, el hombre no se ve solo frente a la fuerza destructora del pecado, sino que cuenta con un instrumento de consuelo, sanación, curación y de perdón. Este le llega, como en los tiempos de Jesús, en la forma con la que cada hombre, como ser personal y único, lo necesita, de acuerdo con sus respectivas dolencias, que hoy Dios sana y cura a través del ministerio de su Iglesia.
Hermano Bernabé Domínguez, OCSO - Maestro de Novicios de la Abadía Cisterciense de San Isidoro de Dueñas (Venta de Baños, Palencia)