REFLEXIONES POR DIEGO MILLÁN
"Centinelas de la mañana"
Queridos amigos y amigas:
Arrecia el frío y las heladas en el invierno madrileño. La ciudad huele a Navidad porque, en medio de tanta propaganda y bombardeo consumista, se respira también el aire de las navidades de antes, con sus villancicos, sus belenes, su aroma a ternura, a turrón, a pandereta y a ilusión de niños y mayores. Sin olvidar que hoy es el tercer domingo de adviento y que ya apenas queda una semana para la celebración religiosa del Nacimiento de Cristo. Una semana para estar atentos, para no despistarnos entre tanta algarabía y ruido, entre tanto ir y venir por los nuevos templos modernos donde se venera y alimenta al rey dinero y a su príncipe el consumo. Atentos para no perdernos lo mejor, o al menos lo más importante: que sigue naciendo un Niño indefenso y tierno en Belén y que nos sigue preguntando qué hemos hecho con su mensaje de amor, fraternidad, justicia y paz. Por qué hemos dejado de escuchar el canto de los ángeles que anunciaban la paz para todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Cómo es posible que hayamos dejado que el ruido de los cañones y de las armas nucleares se hayan enseñoreado de nuestra tierra. Y el clamor de millones de personas que mueren de hambre es acallado por las carcajadas de los centros de poder y de los oasis del bienestar.
Navidad es el grito del centinela que nos pide no dormirnos, no dejar que nos seden, que nos manipulen, que nos atrofien nuestra capacidad crítica y de protesta, que nos corten de raíz los sueños y las utopías de un mundo mejor. ¡Qué bien se lo expresó a los jóvenes el papa Juan Pablo II llamándolos centinelas de la mañana, vigías de un mundo nuevo y mejor!. Centinelas que no se duermen, que no cierran los ojos a las injusticias y desigualdades, que no se conforman con quedarse dentro de la comodidad del castillo, sino que otean desde la atalaya por si se produce alguna buena noticia que dar y ser el primero en hacerlo. Centinela al que los nuevos rayos del amanecer sorprenden con los ojos llenos de ilusión y de emoción. Centinelas que protejen, alientan, animan, avisan, anuncian y denuncian. No dejemos que la Navidad comercial nos haga dejar el puesto vigilante y oteador de un mundo injusto que necesita un mensaje de esperanza, una mensaje de salvación, un mensaje de liberación y de alegría.
Es curioso este domingo tercero de adviento: el domingo de la alegría. Los cristianos llamados a ser centinelas y testigos de la alegría en un mundo que predica el bienestar pero que producen grandes infelicidades y vacíos, que nos llena de cosas materiales pero que es incapaz de saciar ni de responder a nuestros grandes deseos y nuestras esenciales preguntas sobre el verdadero sentido de la vida. No una alegría cualquiera, sino una alegría que brota del amor, de la generosidad, de la entrega. La alegría serena de quien se sabe en manos de Dios y confía en El, y nada ni nadie puede apartarle de se ese Amor y de esa Paz.
Siempre recuerdo aquel hermoso poema que quizá ya os he escrito alguna vez pero que me gusta repetirlo, y creo que es del gran poeta hindú Rabindranaz Tagore: "Dormía y soñaba que la vida era alegría. Me desperté y comprobé que la vida era servicio. Serví y experimenté que en el servicio estaba la auténtica alegría".
Tenemos una semana de vértigo, de
prisas, de comprar, de regalos, de preparar cenas, de disponer la casa
para acoger a la familia y de adornarla con el árbol, el belén, los
villancicos...¿Tendremos tiempo también para Dios?¿Tiempo para la
solidaridad?¿Tiempo para nuestro corazón?. No te olvides de ser un pequeño
pero importante centinela. Estate atento y atenta al paso de Dios por tu vida,
agradece, expresa, comunica, ama. No dejes que los valores de la auténtica
Navidad pasen al lado de tu puerta y no la encuentren abierta. Abre las puertas
y el corazón de par en par. Sal al encuentro de quienes esta Navidad no serán
tan felices porque quizá les faltará el pan, la alegría, el ser querido, la
salud, la esperanza, la compañía. Sé tú para ellos pan
compartido, mano tendida, sonrisa abierta, corazón compasivo.
Todo lo demás, también. Pero no te olvides de lo esencial: el amor. Que cada día de esta semana sea ya para ti una auténtica Navidad y que repartas la alegría que nace de Belén a quienes te rodean.
Termino saludando a mis amigos de Chile. Han vivido una semana muy especial con la muerte de Pinochet. Ya sé que su muerte, como su figura y su obra siguen generando enfrentamientos y divisiones entre los chilenos. Pero nadie puede negar a estas alturas que su mandato estuvo marcado por muchos atentados contra los derechos humanos y la vida de muchas personas. Nada justifica la violencia, ni la tortura ni la desaparición de tantos seres humanos, muchos de los cuales todavía no han podido ser ni enterrados por sus seres queridos, con el dolor tan grande que eso supone. La muerte de Pinochet cierra un capítulo de la historia de Chile, pero no cicatriza el dolor de muchas personas, que siguen clamando por saber qué fue de sus seres queridos y por qué no se ha hecho justicia. Deseo que esta muerte al menos haga que Chile, ese hermoso país que tan maravillosos recuerdos ha dejado en mi corazón, sepa mirar hacia adelante con esperanza, en unidad, igualdad y prosperidad, sin olvidar el pasado, para que nunca más se repita y para que se haga la justa reparación a las víctimas.
Con todo mi cariño, mis mejores deseos y este hermoso texto de la Madre Teresa de Calcuta.
Vuestro amigo.
Diego Millán García, C.S.V.
ESPARCE AMOR
"Esparce amor por donde vayas: en primer lugar en tu propio hogar. Da amor
a
tus hijos, a tu esposa o a tu marido, al vecino de al lado, a tu amigo o
amiga, al pobre que te encuentras cada día, al extranjero, al que es diferente
a ti…que nadie que se acerque a ti se vaya sin sentirse mejor y más feliz. Sé
la expresión viva de la bondad de Dios: bondad en tu rostro, bondad en tus
ojos, bondad en tu sonrisa, bondad en tu saludo caluroso, bondad y alegría que
brotan de tu corazón y de tus palabras amables. No olvides que quien esparce
amor, recoge amor y paz". (Madre Teresa).