REFLEXIONES POR DIEGO MILLÁN
"Comparte tu felicidad"
Queridos amigos y amigas:
Os escribo en una mañana luminosa y primaveral de Madrid, en un día especial, el día de fiesta por antonomasia para los cristianos: el día de la Resurrección de Cristo. Un día que para muchos, incluso que se llaman cristianos, apenas ya significa nada. Para otros, simplemente el recuerdo de un mito, una tradición, algo del pasado que poco tiene que decir al hombre y mujer de este mundo nuestro tan tecnificado y científico que ya no cree en fantasías ni en supersticiones que no se pueden comprobar.
Nos hemos adentrado ya en el mes de Febrero y comienzan a aparecer en nuestros pueblos y ciudades españoles las estiradas cigüeñas que se enseñorean de campanarios y espadañas sobre sus enormes nidos desde los que vigilan la retirada del invierno y anuncian la todavía lejana primavera. Hermoso espectáculo de fidelidad y belleza que, aunque repetido, siempre nos emociona y admira. Fidelidad instintiva a su nido de siempre al que vuelven cada final del invierno, o antes, si es que ya se retiraron los fríos y las nieves. Belleza desplegada en sus enormes picos y sus inmensas alas. Y recuerdos de niñez cuando nos decían, al menos a mí, que los niños los traían las cigüeñas.
Y así, bajo la mirada vigilante de las primeras cigüeñas, comenzamos Febrero con ritmos de solidaridad, tras los ecos de la paz todavía resonando en nuestros corazones. Nos preparamos a vivir la semana propiciada por la ONG católica Manos Unidas, que tanto hace por extirpar la pobreza de nuestro mundo a través, no de dinero recaudado y repartido, sino de proyectos de desarrollo sostenibles en el tiempo. No dar un pez, sino una caña de pescar, como dice el proverbio oriental. Por la solidaridad debe ir unida a la justicia y a la educación. Si no educamos para el desarrollo de los propios pueblos, será pan de hoy y hambre para mañana.
Lo dice un hermoso cuento oriental que os transcribo: "Si das un pescado a alguien, se alimentará una vez. Si le enseñas a pescar, se alimentará toda una vida. Si tus panes son para un año, siembre trigo. Si son para diez años, planta un árbol. Si son para cien años, educa a un pueblo. Sembrando trigo una vez, cosecharás una vez. Plantando un árbol, cosecharás diez veces. Educando a un pueblo, cosecharás cien años".
Pues esta semana es una buena ocasión
para que todos, tú y yo, tomemos conciencia una vez más de las terribles
desigualdades de nuestro mundo, donde todavía, para nuestra vergüenza, se
mueren 40 millones de personas de hambre al año, de ellos 15 millones de niños.
Pero son cifras que ya hemos asimilado como normales, apenas nos inmutamos
cuando las oímos, porque nos caen muy lejos. Y seguimos viviendo nuestra vida
muchas veces cómoda y egoísta, pensando que no hay nada que hacer y que el
mundo es así. Recuerdo una vez más lo que dice el enviado del Papa en la película
de "La Misión" tras la matanza de los indios guaraníes: "El
mundo no es así, nosotros lo hemos hecho así". Cruel realidad e inmensa
responsabilidad la que tenemos. Por eso no podemos quedarnos con los brazos
cruzados pensando que no hay nada que hacer, porque no es cierto. Hay mucho por
hacer, hay tantos pequeños detalles con los que podemos cambiar la situación,
empezando por las realidades cercanas y concretas que nos rodean. Nadie hay tan
rico que no necesite de nada, ni pobre que no tenga nada que ofrecer. Todos
podemos dar más y aprender más de los otros. La solidaridad es intercambio, es
compartir. Muchas veces vivimos la solidaridad con cierta dosis de
autosuficiencia y orgullo, creyéndonos superiores y mejores. Y no es así.
Porque no se trata sólo de dar cosas materiales. Podemos ofrecer desde una
sonrisa hasta un poco
de nuestro tiempo o de nuestra amabilidad; desde dinero hasta colaboración
concreta en alguna ONG solidaria; desde una visita a un hospital o casa de
ancianos a escuchar el dolor de las personas que sufren; desde entregar dosis de
paz y unidad en nuestras familias a promover la integración laboral, humana y
cultural de los inmigrantes; desde fomentar un mejor ambiente en el trabajo
diario hasta preocuparme de la vecina anciana sola y triste de mi escalera de
vecinos; desde apadrinar uno o más niños del Tercer Mundo a educar en valores
solidarios y con el ejemplo a nuestros niños del Primer Mundo. Claro que
podemos hacer mucho si dejamos que en nuestra vida vaya decreciendo este
individualismo y egoísmo que se nos cuela inoculado por nuestra materialista
sociedad de consumo, y dejamos aflorar lo mejor de nosotros mismos, que se llama
amor, bondad, alegría, solidaridad, compartir, sencillez, generosidad,
amabilidad.
Es hermosa la historia del montaje que te adjunto y espero que lo leas con tranquilidad, meditándolo y haciéndolo tuyo, renovando en ti la decisión de seguir siendo una persona generosa que da lo que ha recibido, que no se lo guarda, que lo entrega con amor y alegría. Nunca me olvidaré de la frase con que termina la famosa película "La ciudad de la alegría": "LO QUE NO SE DA, SE PIERDE". Lo que no se comparte se muere dentro. Quien no comparte, en el fondo no es feliz. No hay personas que compartan que no se sientan felices. Y sí hay mucha gente egoísta que en realidad no es feliz. Lo dijo Jesús: "Hay mayor felicidad en dar que en recibir".
Te deseo una semana feliz, llena de detalles solidarios, grandes y pequeños, recordando que también tu dinero es importante, pero sobre todo el amor que pones en todo lo que das, sea mucho o poco. Deseo que, como nos dice el mensaje de esta semana, no seas "Mar Muerto", sino "Lago de Tiberíades" generoso, abierto, acogedor, promotor de vida y de belleza, de justicia, de paz y de igualdad. Que en las orillas de tu vida florezcan las flores hermosas de la bondad y la alegría. Que todos cuando se acerquen a beber en el agua de tu corazón reciban siempre una sonrisa y palabras de paz y de amabilidad.
Con todo mi cariño, mis mejores deseos
Diego Millán García, C.S.V.