REFLEXIONES POR DIEGO MILLÁN

"Depende de tí"

Queridos amigos y amigas:

Os escribo en una mañana luminosa y primaveral de Madrid, en un día especial, el día de fiesta por antonomasia para los cristianos: el día de la Resurrección de Cristo. Un día que para muchos, incluso que  se llaman cristianos, apenas ya significa nada. Para otros, simplemente el recuerdo de un mito, una tradición, algo del pasado que poco tiene que decir al hombre y mujer de este mundo nuestro tan tecnificado y científico que ya no cree en fantasías ni en supersticiones que no se pueden comprobar.

Os escribo cuando anochece en Madrid este día de sábado, día otoñal por excelencia en que la lluvia fina y persistente nos invita a recogernos en nosotros mismos, en nuestras casas, en el olor de hogar. A algunas personas estos días les deprimen, se dejan llevar por la nostalgia del sol y de la luz, pensando que el sol y la luz se han esfumado, cuando simplemente se han escondido para que aprendamos a verlos también en los días grises. Porque en verdad, el sol anida en el corazón de cada uno de nosotros, no depende del estado del cielo en cada momento. De alguna manera, cada unos de nosotros elegimos cómo vivir cada instante y cada dificultad, somos el sol y la luz que queremos ser y vivir. 

Y en relación con esta elección libre, el mensaje de esta semana refleja un hecho que empieza a ser una constante demasiado habitual en nuestro mundo educativo. Cada vez se hacen eco con más asiduidad los medios de comunicación del progresivo aumento de la agresividad, de la violencia y de la falta de respeto de los alumnos hacia los padres y profesores, y a veces viceversa. Estamos contagiados por una atmósfera que genera individualismo, incomunicación y estrés, caldos de cultivo de la agresividad y la violencia. 

Junto a esto, una familia, según dicen los expertos, cada vez más ausente de la transmisión de ciertos valores, como el respeto a los mayores, los límites como ayudantes de un sano crecimiento y madurez, la tolerancia a las adversidades, el esfuerzo, el espíritu de familia y de hogar. No es de extrañar lo que está ocurriendo con semejantes perspectivas. Y no sólo en el mundo educativo, ocurre muchas veces lo mismo en el ámbito laboral, vecinal, ciudadano. Saltamos a la primera, no aguantamos un contratiempo, enseñamos uñas y dientes cuando intuimos que alguien pueda a veces sólo acercarse, continuamente a la defensiva. Y todo eso nos estresa, nos agota, nos vuelve irascibles, y muchas veces no controlamos lo que decimos y lo que hacemos. Gritamos cada vez más. Nos molestan cada vez más los pequeños contratiempos. Y siendo todo esto cierto, claro que no en todo ni en todos, es más preocupante que nosotros nos dejemos llevar por esta corriente de agresividad que nos rodea. Olvidamos que las cosas nos afectan si queremos. Y que decir que no hay nada que hacer es una excusa demasiado tonta para no cambiar nada. 

No podemos quizá controlar la agresividad de los demás, pero sí podemos manejar la manera en que esa agresividad nos afecta a nosotros. No es con más agresividad como se consigue la serenidad ni aplacar al otro. Las barreras ofensivas hacen levantar más barreras ofensivas. He aprendido con el tiempo que la mejor manera de combatir la violencia es hacerle frente o con la serenidad o con la indiferencia. No vale la pena estresarse cuando no puedo en realidad cambiar las cosas o los sentimientos agresivos de los otros. Ni es sano ni nos hace bien. Parece demostrado que nuestros estados anímicos influyen de forma importante en nuestra salud física. Rostros violentos y amargados, resentidos, provocan más contraimiento de los músculos de la cara, nos envejecen antes, nos aíslan de la convivencia armónica con los demás. No es poniendo policías ni demandando a los tribunales como conseguiremos cambiar la situación en las escuelas y en la sociedad. Cada vez más se insiste, y estoy de acuerdo, en que la solución pasa por la educación, y esa educación primera y preventiva comienza en la familia, continúa en la escuela y debe verse protegida y estimulada desde la sociedad. Hay que rehacer los valores fundamentales de la convivencia y promover la comunicación y el diálogo, sin olvidar el reforzamiento de una sana autoridad. Dice un refrán español que "hay que prevenir, no lamentar". Nunca mejor dicho y nunca de más actualidad.

Os invito, te invito, a cuidar cada día la paz de tu corazón, la paz de tu  entorno, a no responder con más agresividad a la agresividad reinante. Más que nunca necesitamos dominarnos, reflexionar, pensar antes de actuar, tener tiempos de sosiego, o de oración, para calmarnos por dentro. Sólo  una persona pacificada puede construir una familia pacificada y una sociedad pacificada. 

Empezad cada mañana con la firme decisión de no colaborar a crispar las relaciones, de no responder agresivamente a la violencia, de sembrar sonrisas y amabilidad, de hacer el mundo, nuestro mundo, tu mundo más humano y más reconciliado. No te excuses en el entorno ni en las circunstancias, porque sólo depende de ti.

Con todo mi cariño. Tu amigo.

Diego Millán García, C.S.V.