REFLEXIONES POR DIEGO MILLÁN

"Hazlo ahora para no lamentarlo después"

Queridos amigos y amigas: 

Hay en climatología fenómenos inexplicables y que son conocidos, al menos aquí en España, como los famosos “veranillos”, oasis de buen tiempo en medio de estaciones a las que no les corresponde. Así, están “el veranillo de san Mateo”, el “veranillo de los ángeles”, “el veranillo de san Martín” y otros. 

Uno de esos “veranillos”, atrasados o adelantados, es el que estamos viviendo este fin de semana en Madrid. Tras una semana larga de lluvias y tiempo desapacible otoñal, estamos disfrutando de unos días de auténtica, al menos, primavera. Y se agradece, porque la ciudad está hermosa para pasear y cobijarse románticamente bajo los árboles amarillentos y centenarios el Retiro o de sus otros muchos parques, para recorrer sus museos y recrearse en los inconfundibles Velásquez, Goya, Picasso Dalí…, para desentrañar sus misterios, para entremezclarse con la multitud de turistas que a diario nos visitan, para perderse por las calles estrechas y literarias de su Barrio de las Letras, donde se perciben las huellas de Cervantes, de Lope de Vega, de Calderón de la Barca, de Federico García Lorca y de tantos otros inolvidables, para contemplar la marea humana que recorre su centro histórico desde el Palacio Real hasta Cibeles, pasando por Sol y descendiendo por Alcalá. Hermoso Madrid, que reluce aún más en estos días en que el sol se cuela a borbotones por entre los cielos límpidos de la ciudad. Y si París bien valía una Misa, Madrid bien merece una visita. 

Y con este elogio de mi actual ciudad, se nos va octubre, deslizándose suavemente, desembocando en un noviembre que huele a difuntos, a esos cipreses enhiestos que pueblan nuestros cementerios y que parecen atravesar los cielos; que nos invitan a mirar a lo alto, a mirar hacia arriba, a mirar más allá; que nos recuerdan que nuestras vidas, como decía tan magistralmente Jorge Manrique, son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir.

Pero no está de moda hablar hoy de la muerte, aunque sea la única realidad de la que nadie escapa, la única que iguala a todos y que nos lleva a todos. En un tiempo en que se elogia la vida, se exprime la vida, se disfruta tanto la vida, hablar y recordar a la muerte es como recordar a un invitado cuya visita nos estropea la fiesta. Y no es así: la muerte es parte de la vida, la muerte es vivencia cotidiana.

Ocultarla es no vivir en plenitud, porque es arrancarle a la vida una parte importante y fundamental. Pero la muerte no nos quita la vida, le da su verdadero sentido. Sin muerte, tampoco hay vida. La muerte es preocupación y rito desde la noche de los tiempos humanos, está presente en todas las culturas y en todas las religiones.

Pensar en la muerte es simplemente pensar en la vida, en su verdadera dimensión y significado. Y es una invitación constante a vivir en plenitud, a vivir con sentido, con realismo y también con utopía. Porque vida y muerte se entrecruzan en nuestro discurrir existencial cotidiano.

Para muchos la muerte es algo trágico porque esperan vivir sólo una muerte, pero la muerte nos visita cada día y cada día debería ser único e irrepetible. Nos espanta la posibilidad de perder a seres queridos para siempre, y no nos espanta vivir en la muerte cotidiana que es vivir de espaldas a los demás, sumergirnos en el egoísmo, acumular rencores, odios, rencillas, envidias. Nos preocupa la muerte definitiva, pero no nos angustia el alejamiento de un amigo o de un familiar que ya murió en vida al sentir nuestro rechazo y distanciamiento.

Nos preocupa nuestra muerte, pero qué poco la muerte de tantos que mueren sin culpa, inocentes de las guerras y de las injusticias, pan nuestro de cada día. Pensemos, pues, en la muerte, en nuestra muerte, en la muerte de los demás. Y luchemos a diario para que la muerte no nos quite la vida, la vida que es el amor, la alegría, la compasión, la solidaridad, los gestos de cariño, las palabras expresadas, los sentimientos comunicados.

Pensemos que la muerte no descansa, está de compañera de camino. Pero no le demos el gusto de amargarnos la fiesta de la vida, dejándonos sentimientos de culpabilidad y de amargura por el amor no entregado a tiempo, los besos y las caricias reprimidos, los sentimientos aparcados para un después que nunca llegó.

La muerte no es el problema, el problema somos nosotros que muchas veces somos muertos vivientes, apagados, amargados, decepcionados, avejentados por la desilusión y el tedio de la vida que nosotros construimos.

Los cristianos creemos en la Vida, no en la muerte. Porque desde Cristo, la muerte y su poder negativo sobre nosotros, ha sido definitivamente vencidos. Nada nos podrá ya privar de vivir una vida llena de sentido, que no es otra cosa que una vida volcada en servicio y en amor a los demás, en  especial hacia aquellos que son visitados por la muerte diaria del desamor y de la injusticia humana.

Os mando un hermoso mensaje que nos invita a no esperar a la muerte para decir o hacer las cosas que no hicimos. Mejor hacerlas y decirlas ahora, que estamos vivos. Después de muertos, para qué sirve lamentarse, sólo acumulará culpabilidades estériles.

Ama hoy, sonríe hoy, sé amable hoy, dile a quienes amas que los amas hoy, intenta ser mejor hoy, lee ese libro que siempre quisiste leer hoy, vete a ver la película preferida hoy, visita a ese amigo alejado hoy, llama por teléfono a quien hace tiempo que no oyes su voz hoy.

La fiesta de los Difuntos está precedida de una gran fiesta, la de todos los Santos. El recuerdo de tantos seres humanos que hicieron de su vida un espacio de amor y de esperanza, que vencieron a la muerte a veces entregando su propia vida, como lo hizo Cristo, a favor de los demás. Santos de ayer, de hoy, populares y anónimos, de pedestal y de suburbio, ricos y pobres, ancianos y jóvenes, santos de la santidad de la que hablaba la gran santa Teresa de Calcuta: “Ser santo no es algo extraordinario, ni privilegio de algunas personas especiales; ser santo es la obligación de todo cristiano, de ti y de mí, porque ser santo es hacer muchas pequeñas cosas con mucho amor”.

¡Feliz día de todos los Santos!. ¡Feliz recuerdo de todos nuestros Difuntos!.¡Feliz semana llena de Vida para todos!. ¡Vive la vida, saborea la vida, entrega vida, genera vida…y serás feliz!. Y gracias, a ti, amigo y amiga, si acaso éste fuera el último día de nuestras existencias, habrá merecido la pena conocerte, quererte y sentirse querido por ti. Te mando también un precioso escrito que escuché por primera vez en Chile y que siempre me gustó y me hizo bien. Léelo con paciencia, si puedes y cuando puedas. Espero que te guste y te haga bien.

Besos y abrazos.

Diego Millán García, C.S.V.

Los deberes de hoy cumpliré hoy. Hoy acariciaré a mi hijo mientras sea niño
aún; mañana se habrá ido, y yo también. Hoy abrazaré a mi compañero y lo
besaré dulcemente; mañana ya no estará ni yo tampoco; hoy le prestaré ayuda al
amigo necesitado; mañana ya no clamará pidiendo ayuda, ni tampoco yo podré oír
su clamor.
Hoy me sacrificaré y me consagraré al trabajo; mañana no tendré nada que dar,
y no habrá nada que recibir.
Viviré hoy como si fuera el último día de mi existencia. Este día es todo lo
que tengo, y estas horas son ahora mi eternidad. Saludo este amanecer con
exclamaciones de gozo, como un preso a quien se le conmuta la sentencia de
muerte. Elevo mis brazos con agradecimiento por este don inapreciable de un
nuevo día. Soy en realidad una persona  afortunada, y las horas de hoy
constituyen algo extra, inmerecido.
¿Por qué se me ha permitido vivir este día extra, cuando otros, mucho mejores
que yo, han muerto? ¿Será acaso que han cumplido su propósito mientras que el
mío está aún inconcluso? ¿Es ésta otra oportunidad de convertirme en la
persona que yo sé que puedo ser? ¿Existe un propósito en la naturaleza? ¿Es
éste mi día para distinguirme?.
Este día haré el mejor de mi vida. Este día aprovecharé los minutos hasta su
máximo. Lo saborearé y daré gracias. Aprovecharé las horas y a los minutos
canjearé solo por algo de valor. Trabajaré con más ahínco que nunca y exigiré
a mis músculos hasta que pidan el alivio, y aún así continuaré. Cada minuto de
hoy será más fructífero y fecundo que las horas de ayer. Mi último día deberá
ser mi mejor día. Viviré hoy como si fuera el último día de mi existencia. Y
si no lo es, caeré de rodillas y daré gracias.