REFLEXIONES POR DIEGO MILLÁN

"Permíteme lo que te haga bien"

Queridos amigos y amigas:

Estoy de vuelta en Madrid después de tres días visitando a mi madre y compartiendo con ella la alegría de nuestros santos y la nostalgia de nuestros difuntos. Una vez más he vuelto a mis raíces andaluzas, raíces que nunca se han diluido en mi peregrinar por el mundo. Y es que uno vuelve siempre a lo que fue primero, a los recuerdos de la infancia, al sol abrasador del verano, a los juegos inocentes de la calle, a los olores y sabores del hogar de nuestros padres. Y he renacido de nuevo entre el mar de olivos cuyas olas plateadas chocan eternamente contra la atalaya blanca de un pueblo, mi pueblo de Porcuna, que se yergue majestuoso sobre la roca dorada que semeja quilla y proa de un barco proceloso que navega entre historias de iberos, romanos, árabes y cristianos, cuya huella sigue visible en tantos y tantos rincones que me acompañan desde que nací. Olivos centenarios, milenarios. Y esos olivos recientes, de apenas 50 años, que un día con amor y mimo plantó mi padre y que ya se elevan hacia un cielo azul intenso ofreciendo la humilde aceituna que en poco tiempo transmutará en el oro preciado del aceite. Siempre me han maravillado los olivos, quizá porque nací entre ellos, quizá porque son para mí metáfora e imagen de la vida. Olivos fuertes frente a vendavales, sequías, aguaceros, paso del tiempo. Olivos de troncos retorcidos que ofrecen su tesoro entre un bosque de hojas plateadas. Olivos que jamás permiten que sus raíces se muevan ni que sus troncos se inclinen. Olivos silenciosos que en noches de luna llena refulgen e iluminan el paso de los siglos. Árbol hermoso, árbol cantado por poetas, árbol mediterráneo unido al devenir de pueblos y culturas, nutridor de salud y de belleza, icono de la paz, regenerador de fuerzas musculares en luchas milenarias. Olivo de esperanza en las diarias luchas de la vida, proyectado hacia el cielo, enraizado en la tierra.

Así, como la vida nuestra, expuesta a vendavales y fracasos, con los ojos abiertos hacia el horizonte infinito y los pies enlodados en barro de los caminos pedregosos de nuestras marchas cotidianas. Porque somos como olivos en medio de ese mar globalizado que es hoy nuestro mundo. Con riesgo de perdernos y perder nuestras raíces, esos valores que fraguaron nuestra infancia, que forjaron el tronco por donde corre la savia reparadora de heridas y fracasos, que alimentan esos frutos de bondad que sembraron con inmensa ternura nuestros padres y  tantos otros que fueron dando forma a los que somos hoy.

Te mando un hermoso mensaje que nos invita a no permitir que nuestra vida se amargue, se trunque, se trocee, se frustre y se lastime. Estamos llamados a ser felices y a desarrollar todo el potencial de amor que Dios, nuestra familia, la vida fue dejando en nuestros brazos. Los olivos ofrecen siempre lo mejor de sí mismos, aunque algunos años sea poco, pero siempre es lo mejor. Y cuando la cosecha es menor en cantidad, nos ofrece el aceite de mayor concentración y calidad. Porque no importa las muchas cosas que hagamos cada día, sino que las que hagamos las hagamos de verdad y con amor. No importa las muchas personas que te encuentres cada día en el camino o en tu agenda virtual, importan los detalles de cariño y de alegría que compartes con quienes te rodean. No olvides que la vida es también decisión, elección de ser feliz o no. Importan las circunstancias, pero es más decisiva tu voluntad. 

Deseo que tengas y que decididas tener una feliz semana. Recuerda el olivo: firme en sus raíces y convicciones, flexible en su tronco, abierto en sus hojas y en sus frutos, generoso en su aceite. Sé tú mismo, ofrece lo mejor de tus posibilidades, el aceite de tu sonrisa y de tu amabilidad, el oro amarillo de tu esperanza y de tu solidaridad. Jamás permitas que aniden en ti los odios, la violencia, la injusticia, el egoísmo, la avaricia, la intolerancia. Nunca seas fuente de fanatismos ni de guerras. Cultiva cada día el amor de los gestos sencillos y concretos, y cuida de las personas y las cosas que Dios te confía cada mañana. Y nada te hará daño. No permitas que nadie sea feliz por ti. Y que la reflexión que también te envío te anime a expresarte y expresar todo lo que eres y todo lo que sientes. 

Con todo mi cariño.

Diego Millán García, C.S.V.