REFLEXIONES POR DIEGO MILLÁN

"Pide y confía"

Queridos amigos y amigas:

Quisiera a veces transmitiros con más realismo la sensación que me producen los atardeceres otoñales de Madrid. He visto, por suerte, atardeceres maravillosos en muchos lugares de España, mágicos atardeceres en Chile, exóticos atardeceres en la India, románticos atardeceres en París, imperiales atardeceres en Roma, ancestrales atardeceres en Perú. Pero en pocos he contemplado la gama de rojos, morados, rosados, violetas y amarillos que cubren el ocaso de estos cielos madrileños en su lenta agonía crepuscular. Lo digo esto, no para dar envidia, sino para intentar sensibilizaros y animaros a fijaros más en vuestros propios y cercanos atardeceres, esos momentos de relajada belleza en medio del ajetreo cotidiano de nuestras ciudades o de nuestros pueblos.

Siento que esos momentos contemplativos nos hacen tocar, a mínima sensibilidad que tengamos, algo de la "chispa" divina que nos rodea y nos hace entrar en comunión con algo que nos supera pero que a la vez nos fascina y nos sosiega. Aunque a veces, ese "Algo" nos pueda parecer lejano e indiferente a nuestras preocupaciones y desvelos. ¿Cuántas veces, en momentos difíciles, cuando la ciencia y los acontecimientos nos desbordan y nos dejan sin respuestas ni reacciones, no acudimos a esa Otra Realidad y Misterio, sea con el nombre que lo llamemos, para  pedir ayuda, para entender silencios, para acallar temores, para obtener respuestas? ¿Cuántas veces nos decimos si existirá ese Dios, si la oración sirve para algo, si creer no es absurda manía humana de huir de sus propias responsabilidades sin apelar a Otro que sólo existe en nuestros deseos más arquetípicos? 

En el Evangelio de este domingo Jesús nos invita a ser insistentes con Dios, a pedir sin desfallecer, porque Dios, dice Cristo, siempre nos escucha y siempre quiere lo mejor para nosotros y no nos puede dar nada malo porque somos sus hijos. Pero también nosotros le decimos ¿qué pasa entonces cuando sentimos que no nos escucha, que no responde a lo que le pedimos, que parece sordo y ciego a nuestros desvelos y lamentos? ¿Pediremos mal o es una pérdida de tiempo pedir, cuando en realidad lo que hace falta es afrontar con dignidad y realismo que hay cosas que no podemos solucionar? ¿Será como dice Jesús que lo que nos falta en realidad es fe? ¿Y es que la fe nos solucionará mágicamente  todos nuestros problemas, enfermedades, adversidades, fracasos, incluso la muerte? ¿Ser cristiano es sinónimo de no tener ningún problema, o será simplemente que la fe nos ayuda a mirar los problemas de otra manera, incluso desde la mirada positiva de crecimiento y aprendizaje? Admitiendo los posibles milagros sobrenaturales, no son fáciles las respuestas. Además, vivimos en una sociedad, y nosotros nos contagiamos de ella, en que todo lo que no es tangible y de resultados inmediatos parece que no tiene valor o no tiene solución. Corremos sobre la levedad de las prisas. Pero sabemos que sólo lo que crece lentamente perdura en el tiempo y es lo que tiene verdadero valor. Y la oración y la fe entran de lleno en estas categorías de lo importante, donde la paciencia, como decía santa Teresa de Ávila todo lo alcanza, y es factor imprescindible junto la confianza, aderezo necesario y esencial de la verdadera fe.

Hay que pedir con fe, con  confianza, pero sin presiones. Confiar en que Dios sabe lo que mejor nos conviene, entregándole a Él la llave de la solución, no la presión de nuestros anhelos o la inconfesable utilización de nuestros deseos. Ya sé que los no creyentes considerarán esto como un ejercicio inútil de autosugestión que no lleva a ninguna parte, pero pienso que no es algo tan fácilmente catalogable como banal. Creo que mayoritariamente somos conscientes de que no lo podemos todo, que no lo controlamos todo, que hay situaciones que nos desbordan y que nos gustaría que existieran respuestas, que llovieran consuelos, que aparecieran soles, que brillaran estrellas. 

Mi experiencia me dice que la oración es buena y necesaria, llámese como se llame. Pienso que más que nunca necesitamos hoy en día esa conexión con lo divino que habita, no en lo alto de las montañas ni el abismo de los océanos, sino en lo profundo de nosotros mismos, en el núcleo central de nuestro corazón. Es bueno pedir, como lo hacemos en la vida cotidiana y humana: sea ayuda, apoyo, ánimo, sean otras cosas menos espirituales. No somos superhéroes que lo podemos todo, somos grandezas de alma en fragilidades expuestas a los vaivenes del tiempo, a las limitaciones biológicas, al horizonte de la muerte. 

Que pidamos no morir jóvenes o con enfermedades dolorosas, que anhelemos no sufrir el látigo lacerante de cualquier adversidad, es de lo más natural. Pero no somos dioses, somos paradójicamente limitados, aunque maravillosamente humanos. Necesitamos pedir, pero pedir no es eludir responsabilidades. Ya lo dice el refrán español: "A Dios rogando y con el mazo dando". Pidamos la paz, la salud, la solidaridad, pero sembremos paz, prevengamos salud, construyamos solidaridad. Pidamos con fe, aun sabiendo que quizá lo que pedimos no es lo que en verdad necesitemos. Pidamos abiertos a la voluntad de Dios. Nos dolerá quizá la negativa inicial, pero como en la vida, puede que luego las cosas las veamos mejor de otra manera, desde la perspectiva del tiempo y desde la experiencia de la maduración y los ojos de la fe. Pidamos más allá de nuestras pequeñas necesidades para abrirnos a pedir y sentir por los grandes problemas que aquejan a nuestro mundo: las guerras, la violencia, las injusticias, el hambre, la desigualdad. Cuanto más desinteresada sea nuestra petición, más dejaremos margen a Dios para actuar y más margen nos quedará para responsabilizarnos de la tarea que nos toca realizar a nosotros. 

Os mando un hermoso mensaje que algunos quizá conozcáis, pero que siempre es bueno recordarlo. Sin duda, vivir en esta actitud de confianza de que todo es para bien, llena nuestras vidas de sosiego, de paz, y nos anima a no estancarnos en las dificultades y dolores del camino, sino a mirarlos de otra manera, con otra mirada, con otra esperanza. 

Hemos celebrado el domingo de las Misiones, llamado popularmente Domund. ¡Qué extraordinario ejemplo el de tantos hombres y mujeres que en variados lugares del mundo trabajan por la justicia, la solidaridad y la fraternidad, aliviando dolores, contagiando esperanza, levantando desánimos, entregando pan y vida, amor y fe, incluso dando la vida física a veces en actos heroicos de martirio! Pero sin olvidar que misionero es quien vive la vida como misión y como vocación de servicio. Y que en los pequeños y cotidianos detalles se fraguan las grandes misiones. No todos podemos o queremos dejar patria y familia para recorrer otros mundos de pobreza y marginación, no todos podemos ser esos "misioneros", pero todo podemos trabajar allí donde estemos como "misioneros", testigos, trabajadores, constructores de una persona, una educación, una familia, una sociedad y una Iglesia más humana, más justa, más tolerante, más respetuosa con las diferencias, más acogedora, más Reino de Dios. 

Que tengas un feliz y confiada semana: en Dios, si tienes fe, en ti mismo, en los demás, en la vida, en el futuro, en los sueños. No dejes de dedicarte un tiempo de simple contemplación, reflexión u oración, para ser consciente del hermoso regalo de la vida, para cuidar tu corazón, tus sentimientos, tu la familia, tus amigos, el amor, la fe. 

Una cosa importante: siempre rezo, doy gracias y pido por ti  y cada uno de vosotros y vosotras. Y también humildemente te pido también que me tengas presente en las tuyas. 

Con inmenso cariño. Vuestro amigo siempre. 

Diego Millán García, C.S.V.