La santísima Virgen María tuvo parte excelentísima en la obra de nuestra eterna Salvanción
(Segunda lectura del Oficio de Lectura de la Liturgia de las Horas propia de la OSM en la Solemnidad de Ntra. Sra., la Virgen de los Dolores - Tomada de la Carta Encíclica "Ad Caeli Regínam" del S.S. Pío XII)
La santísima Virgen María debe ser llamada Reina no solo por razón de su maternidad divina, sino también porque, por voluntad divina, tuvo parte excelentísima en la obra de nuestra eterna salvación. Dice Pío XI: <<¿Qué cosa más hermosa y dulce puede acaecer que Jesucristo reine sobre nosotros no sólo por derecho de su filiación divina, sino también por el de redentor?>>. Mediten los hombre, todos olvidadizos, cuántos costamos a nuestro Salvador: Os rescataron, no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha (1 P 1, 18-19). Ya no somos nuestros, porque Cristo nos compró) (1 Co 6, 20) <<a gran precio>>.
Ahora bien, en la realización de la obra redentora, la santísima Virgen María estuvo sin duda íntimamente asociada a Cristo, y con razón canta la sagrada liturgia: << Estaba en pie dolorosa junto a la cruz de nuestro Señor Jesucristo santa María, Reina del Cielo y Señora del mundo>>. Así, en la Edad Media, pudo escribir Eadmero, un piadosísimo discípulo de san Anselmo: <<Así como Dios, creando con su poder todas las cosas, es Padre y Señor de todo, así María, reparando con sus méritos todas las cosas, es Madre y Señora de todo; Dios es Señor de todas las cosas, porque las ha creado en su propia naturaleza con su poder, y María es Señora de todas las cosas, porque las ha elevado a su dignidad original con la gracia que ella mereció>>. En fin, -escribe Suárez- <<como Cristo por título particular de la redención es Señor y Rey nuestro, así la bienaventurada Virgen es Señora nuestra por el singular concurso prestado a nuestra redención, suministrando su sustancia y ofreciéndola voluntariamente por nosotros, deseando, pidiendo y procurando de una manera especial nuestra salvación>>.
De estas premisas se puede argüir así: si María fue asociada por voluntad de Dios a Cristo Jesús, principio de vida, en la obra de la salvación espiritual, y lo fue en modo semejante a aquel con que Eva fue asociada a Adán, principio de muerte, así se puede afirmar que nuestra redención se efectuó, como enseñaba san Ireneo, según una cierta <<recapitulación>> por la cual el género humano, sujeto a la muerte por causa de una virgenm se salva también por medio de una virgen; si además se puede decir que esta gloriosísima Señora fue escogida para Madre de Cristo principalmente <<para ser asociada a la redención del género humano>>, según palabras de Pío XI, y si realmente <<fue ella la que, libre de toda culpa personal y original, unida estrechamente a su Hijo, lo ofreció en el Gólgota al eterno Padre, sacrificando al mismo tiempo el amor y los derechos maternos, cual nueva Eva, en favor de toda la descendencia de Adán, manchada por una lamentable caída>>, como en otra ocasión hemos afirmado, se podrá legítimamente concluir que como Cristo, nuevo Adán, es Rey nuestro no sólo por ser Hijo de Dios, sino también por ser Redentor nuestro, así, con una cierta analogía, se puede igualmente afirmar que la bienaventurada Virgen es Reina, no sólo por ser Madre de Dios, sino también porque, como nueva Eva, fue asociada al nuevo Adán.