La
Eucaristía: acoger el don para servir
“Tres jueves hay en el año
que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la
Ascensión”.
Tres jueves que en otra época eran celebrados con solemnidad y con
fiesta laboral. Hoy se celebran con la misma solemnidad, pero trasladadas al
domingo. Ya no nos queda como jueves más que el jueves santo, que aunque
siempre será jueves, no tiene porque ser necesariamente festivo, menos en una
sociedad cada vez más secularizada como la nuestra.
El
dicho popular ha unido estas tres solemnidades que, de suyo, están
interrelacionadas. Cada una de ellas nos desvela una parte de un mismo misterio:
el de vincular nuestra vida a la vida de Jesús, nuestra vocación a la suya. La
promesa de la Ascensión, de estar con nosotros hasta el fin del mundo, inauguró
su cumplimiento el Jueves Santo: presencia de Jesús en la Eucaristía, en su
Cuerpo y en su Sangre. La celebración de Corpus Christi acentúa, por un lado,
la dimensión contemplativa del Jueves Santo. La celebración de Corpus Christi,
por otro lado, pone más de relieve la dimensión misionera de la Ascensión.
El
Jueves Santo, por una parte, nos acerca a aquélla comida fraterna que hace Jesús
con sus amigos. En comunión con la religiosidad de su pueblo, Jesús celebra la
Pascua, y nos deja los signos de su presencia entre nosotros, las especies eucarísticas:
el pan y el vino. Elementos tomados de la vida ordinaria, porque es precisamente
en medio de la vida ordinaria, en medio de las circunstancias de cada día,
donde estamos llamados a hacer experiencia de nuestra fe en Dios. Es en medio de
la vida ordinaria donde estamos llamados a ser pan entregado y vino derramado.
El
Jueves Santo, por otra parte, a través del evangelio de Juan (con el gesto del
lavatorio y con la explicación dada por Jesús), nos da la clave para vivir la
Eucaristía más allá de los muros de la iglesia: el servicio al mundo. Que
bien decía aquel obispo que “una Iglesia que no sirve, no sirve para nada”.
Y la Iglesia somos todos los bautizados. Y a servir estamos llamados todos y
cada uno de los cristianos, sea cual sea el ministerio que ejerzamos en la
Comunidad, sea cual sea nuestro grado de compromiso eclesial. El servicio, desde
el evangelio, no es optativo, por lo menos si queremos seguir el camino trazado
por Jesús.
Es
verdad que el servicio tampoco se puede imponer. Se sirve sólo en la medida que
vamos interiorizando y personalizando que es el camino, en la comunidad
cristiana y en la vida ordinaria, que nos lleva a alcanzar la felicidad en la
vida de cada día.
A
servir se aprende sirviendo, como a amar se aprende amando. Pero el servicio
cristiano también se aprende “contemplando” las actitudes de servicio de
Jesús. El servicio máximo, que es su vida entregada, lo aprendemos en la
contemplación de su Cuerpo en el sagrario; de esa fuente espiritual
aparentemente humilde, como lo es también la exposición del Santísimo, se han
nutrido muchos creyentes a los largos de los siglos.
El
día de la Ascensión celebramos que aquel
que siendo totalmente divino, asumió la condición humana y que, por tanto,
siendo totalmente humano había alcanzado la divinidad. Todo el misterio de la
Encarnación, Dios hecho humano, alcanza su plenitud en la Ascensión, lo humano
entra en el ámbito de la divinidad, es decir, lo humano tiene futuro abierto,
puede ser plenificado. En la Ascensión celebramos que Jesús ha alcanzado la
plenitud para él y para todos nosotros, si nos queremos unir a él.
Por eso la Ascensión nos habla de
vocación: hemos sido llamados a vivir un vida plena. La existencia no es un
corto periodo entre dos nadas absurdas. No hemos sido creados para el fracaso,
ni para el sufrimiento, ni para la muerte, ni para que todo acabe en la nada.
Hemos sido creados para el triunfo, para el gozo, para la vida en plenitud. Y
dicho esto podemos caer en la tentación de quedarnos mirando al cielo, como les
pasó a los discípulos de Jesús.
La tentación de la persona religiosa
es quedarse mirando al cielo (en casi todas las religiones se sitúa la morada
de la divinidad en lo alto, en el cielo) -o solamente al sagrario-.
El cristianismo enseguida corrige la
mirada religiosa: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al
cielo?”. El lugar propio del cristiano es la tierra, es la historia, es el
compromiso por hacer que el Reino de Dios alcance a toda la humanidad.
Por eso Jesús les dirá: “Id y
haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he
mandado”. En cristiano la vocación, la llamada a la vida plena, se nos
hace misión: trabajar porque toda la humanidad, todos los pueblos y todas las
personas, alcancen la vida plena. La misión del cristiano, siguiendo el estilo
de Jesús, es hacer mediante palabras y obras, con toda la vida (hecha servicio,
que es lo mandado y realizado por él: “haced esto en conmemoración mía”),
la propuesta salvadora de Jesús.
En la Ascensión Jesús no nos deja
solos, contamos con el Espíritu de Jesús, que es celebramos en Pentecostés.
No nos deja solos, nos lo dice el mismo Jesús:
“Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del
mundo”.
Con
nosotros se queda mediante su Espíritu. Con nosotros se queda en la Eucaristía.
Con nosotros se queda en el camino de la vida, sobre todo cuando nos convoca
para el banquete pascual de su amor, tal y como decimos en la plegaria eucarística.
Este
es uno de los significados las profesiones del Corpus, que Jesús está con
nosotros en el camino de la vida, que Jesús nos acompaña. La fe además de ser
una experiencia íntima y personal, también es experiencia comunitaria y, por
lo tanto, pública. En estos tiempos es que se habla tanto del compromiso de los
cristianos en la vida pública, las procesiones del Corpus son un buen modo de
expresar eclesialmente la fe de cada uno de los bautizados. Una fe que se hace
pueblo. Una fe que se hace propuesta pública. Una fe que se hace propuesta,
porque la fe no se impone, se propone; no se demuestra, pero se muestra.
En
la celebración del Corpus de este año 2005, año dedicado a la Eucaristía, no
podemos menos que recordar algunas de las palabras del difunto Juan Pablo II, en
su carta apostólica Mane nobiscum, Domine (¡Quédate con nosotros, Señor!).
En
ella nos dice que “la Eucaristía no es sólo expresión de comunión en la
vida de la Iglesia: es también proyecto de solidaridad para toda la
humanidad”. El que celebra la Eucaristía “aprende de ella a ser promotor de
comunión, de paz, de solidaridad en todas las circunstancias de la vida”.
Para Juan Pablo II la autenticidad de
la Eucaristía se demuestra si constituye el “impulso para un compromiso
activo en la edificación de una sociedad más equitativa y fraterna”. La
celebración del Corpus suele estar vinculada con la cuestación a favor de Cáritas,
que es una de las maneras de ensayar “caminos de solidaridad” y de estar
“al servicio de los más pobres”, tal y como se nos indica en la carta apostólica.
La celebración del Corpus Christi, la
celebración de la Eucaristía, tiene que ser llamada para nosotros a contemplar
a Jesús sacramentado, a agradecer el don que se queda permanentemente con
nosotros. La celebración del Corpus Christi, la celebración de la Eucaristía,
tiene que ser llamada para nosotros a contemplar a Jesús en aquellos que Él
quiso ser contemplado: en el rostro de los pobres –hambrientos, sedientos,
desnudos,…- y excluidos –enfermos, encarcelados,…-. Eso es la Eucaristía:
acoger el don para servir.
¡Adorado
y amado sea Jesús! (P.
Luis Querbes)
Angel
Mª Ipiña Garmendia, csv, Superior de la Comunidad de Mondragón