El misterio de la Eucaristía
La Eucaristía es el sacramento de la presencia real de Jesucristo bajo las especies de pan y de vino. Este es el misterio de nuestra fe. Porque esta presencia es un misterio de pasado.
"Cada vez que os reunís recordáis la muerte del Señor", nos decía San Pablo. El mismo Jesús nos decía: "Cada vez que lo hagáis, hacedlo en memoria mía. Es la pasión, la muerte y la resurrección de Jesucristo lo que recordamos cada vez que celebramos la Eucaristía.
La Eucaristía es además un misterio de presente. Nosotros en la celebración, no solo recordamos la muerte del Señor, de una forma misteriosa en nuestra celebración se hace presente la misma realidad del Gólgota. Cristo muere y resucita en cada Eucaristía. En el Gólgota de una forma sangrienta, hoy aquí sin derramamiento de sangre. Pero la realidad es la misma: Cristo muere para salvar al hombre. De esta manera se cumple la promesa de Dios, no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. En la Eucaristía se cumple también la promesa de Jesús: "Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo".
Pero la Eucaristía es también un misterio de futuro. La Iglesia vive en una continua espera del Señor. Sabe que su tiempo es el que media entre la primera y segunda venida del Señor. San Pablo nos recordaba que celebramos la muerte del Señor hasta que vuelva y la comunidad cristiana aclama después de la consagración: "anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, Ven Señor Jesús". El banquete eucarístico es signo del banquete que el Señor prepara a sus elegidos en el Reino de los Cielos.
Tres son los aspectos que debemos tener presente en la Eucaristía: memorial, sacrificio y banquete. Estos tres aspectos deben estar siempre presente en nuestras celebraciones y en todos nuestros cultos Eucarísticos.
Nuestros Sagrarios resaltan la presencia real del Señor. No estamos solos, no nos ha dejado huérfanos. Es más bien el Señor el que suele estar solo en nuestras Iglesias vacías. Vivamos una Eucaristía, como nos decía el recordado papa Juan Pablo II en su última carta; el nos exhortaba a poner nuestros ojos en María como Mujer Eucarística. Era una llamada a la intimidad con Jesús. Nadie como ella puede vivirla: lo llevó en su seno, lo alimentó, lo acompañó y lo ofreció al Padre en el Calvario.
En estas fiestas del Corpus del año de la Eucaristía despertemos nuestra fe en la presencia del Señor, ofrezcamos cada domingo su sacrificio y participemos en su banquete. Que el Señor no pueda decir de nosotros lo que dice la parábola de los invitados a la boda: "No se han merecido el Banquete".
M.I. y Rvdo. P. D. Enrique Arroyo Camacho, Deán de la S. y A. I. Catedral de Cádiz