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En la Cena del jueves realiza
el Señor la entrega sacrificial de su cuerpo y de su sangre -«mi
cuerpo entregado», «mi sangre derramada»-, anticipando ya, en la
forma litúrgica del pan y del vino, la entrega física de su cuerpo y
de su sangre, la que se cumplirá el viernes en la cruz.
-La acción ritual. Conforme a la tradición judía del rito pascual, el
Señor «toma», «da gracias» a Dios (bendice), «parte» el pan y lo
«reparte» entre los discípulos. Son gestos también apuntados en la
multiplicación de los panes (Jn 6,11) o en las apariciones de Cristo
resucitado (Emaús, Lc 24,30; pesca milagrosa, Jn 21,13).
-Cordero pascual nuevo. «Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido
inmolado» (1Cor 5,7), para la salvación de todos. Hemos sido, pues,
rescatados «no con plata y oro, corruptibles, sino con la sangre
preciosa de Cristo, cordero sin defecto ni mancha, ya conocido antes de
la creación del mundo, y manifestado al fin de los tiempos por amor
vuestro» (1Pe 1,18-20). San Juan en el Apocalipsis menciona veintiocho
veces a Cristo como Cordero. Y es justamente «el Cordero degollado» el
que preside la grandiosa liturgia celestial (Ap 5,6.12).
-La Nueva Alianza. En la Cena-Cruz-Eucaristía establece Cristo una
Alianza Nueva entre Dios y los hombres. Y esta vez la Alianza no es
sellada con sangre de animales sacrificados en honor de Dios, sino en la
propia sangre de Jesús: «Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre».
La alianza del monte Sinaí queda definitivamente superada por la
alianza del monte Calvario (+Ex 24,1-8; Heb 9,1-10,18).
«La eucaristía aparece al mismo tiempo como el origen y fundamento del
nuevo pueblo de Dios, liberado ahora por la pascua de Cristo y fundado
sobre la sangre de la Nueva Alianza» (Sayés, El misterio eucarístico
107). La Cena pascual de Moisés marca el nacimiento de Israel como
pueblo libre. La Cena pascual de Cristo funda permanentemente a la
Iglesia, el nuevo Israel.
-Memorial perpetuo. Como la Pascua judía, la cristiana se establece
como un memorial a perpetuidad: «haced esto en memoria mía». En la
eucaristía, por tanto, la Iglesia ha de actualizar hasta el fin de los
siglos el sacrificio de la cruz, y ha de hacerlo empleando en su
liturgia la misma forma decidida por el Señor en la última Cena.
-Presencia real de Cristo. En la eucaristía el pan y el vino se
convierten realmente en el cuerpo y la sangre de nuestro Señor
Jesucristo. Ya no hay pan: «esto es mi cuerpo que se entrega»; ya no
hay vino: «ésta es mi sangre que se derrama». Se trata, pues, de una
presencia real, verdadera y substancial de Cristo.
-Pan vivo bajado del cielo. Y es una presencia que debe ser recibida
como alimento de vida eterna: «Tomad y comed, mi carne es verdadera
comida»; «tomad y bebed, mi sangre es verdadera bebida».
-Sacrificio de la Nueva Alianza. La Cena-Cruz-Eucaristía, por tanto, es
un sacrificio: el sacrificio de la Nueva Alianza, que tiene a Cristo
como Sacerdote y como Víctima. En efecto, «Cristo ofreció por los
pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio... Con una sola ofrenda
ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados» (Heb
10,12.14). Volveremos sobre esto una vez que hayamos contemplado la Pasión.
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