LA
NAVIDAD DE LOS ÚLTIMOS
“Por aquellos días salió un edicto de César Augusto
ordenando que se
empadronase todo el mundo”
(Lc
2,1)
Según los datos que aporta el evangelista Lucas, el nacimiento de Jesús coincide en el tiempo con el censo de toda la tierra habitada, que decide llevar a cabo el poder imperial de Roma. Esta iniciativa responde al propósito que mueve al imperio romano de englobar a todo el mundo dentro de un único sistema de dominio.
Desde Nazaret, José se encamina hacia la ciudad de David, Belén, a fin de empadronarse junto con María, su esposa, que a la sazón estaba encinta. José se somete así al edicto (“dogma” en griego) emanado por César Augusto. Todo soberano nutre la ambición suprema de contar con un registro preciso de las personas que están bajo su dominio, para poder así ejercitar un férreo control sobre las mismas. Con gran ironía, el evangelista subraya que, no obstante el deseo de que nada escape a su mirada inquisitoria, el poder imperial pierde de vista el dato más importante: el nacimiento de Jesús, el salvador (Lc 2,11), el acontecimiento que marca el devenir de la historia de la humanidad.
El destino de los hombres no se verá afectado por el decreto del César, sino por la palabra de Cristo. Para el emperador Augusto, entre cuyos títulos honoríficos destacaba el de “salvador”, la paz vendría como fruto del dominio completo de Roma sobre todas las naciones, una paz, por tanto, impuesta a los vencidos con la fuerza de las armas. Para Jesús, a quien rinden pleitesía desde su nacimiento con los títulos de Salvador, Mesías, Señor, la paz se obtiene despojando a todo poder de su fuerza, y la salvación se alcanza acogiendo el amor incondicionado de Dios. La paz y la salvación son el don que Dios ofrece para mostrar su benevolencia a todos los pueblos, sin ningún tipo de exclusión. Para garantizar el orden y la seguridad en la tierra habitada no sirven ya los ejércitos del emperador, es suficiente acoger la paz anunciada por la multitud del ejército celestial: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres que él ama” (Lc 2,14). La gloria a Dios en lo alto de los cielos no es otra cosa que la paz de los hombres en la tierra.
El evangelista enseña a leer la historia de un modo diferente, no desde la perspectiva de los grandes, quienes creen que el destino del mundo está en sus propias manos, sino desde la óptica de Dios, que se sitúa de parte de los pobres y de los últimos. Gracias al edicto imperial, Jesús nacerá en la ciudad de David, en el lugar de origen del Mesías como había anunciado el profeta Malaquías (Mal 5,1), pero la tradición religiosa acerca del Mesías davídico sufrirá una fuerte sacudida: el Mesías no es hijo de David, es hijo de Dios.
De hecho, aquél que liberará al pueblo no se presenta revestido con las insignias del poder, como el rey David, sino como un niño envuelto en pañales y colocado en un pesebre. No establecerá su reinado mediante la violencia, sino por medio del amor; no sustraerá la vida de los enemigos, les ofrecerá la suya. Los primeros que reciben la noticia de la venida al mundo del salvador son los pastores, gente considerada impura y que estaba relegada al puesto más bajo de la escala social. Precisamente a los pastores, alejados de la sociedad, marginados por la religión y despreciados por los hombres, se manifiesta el Señor, no como juez, sino como fuente de amor: “Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2,10-11).
La novedad que trae consigo Jesús, y que el evangelista anticipa con el relato de su nacimiento, es el rostro de un Dios exclusivamente bueno. Es el rostro de un Padre que no ejerce dominio sobre los seres humanos ni los somete, un Padre que potencia y capacita al hombre, elevándolo a su misma condición divina. Con el nacimiento de Jesús, acontece la mayor revolución en la historia de la humanidad: el hombre, finalmente, puede comprender que Dios lo ama.
Cuando el ser humano descubre ser objeto del amor de Dios, cuando toma conciencia de que Dios lo ama de un modo personal y único, entonces toda su vida se transforma y la existencia adquiere un valor nuevo. Los pastores, primeros destinatarios de este anuncio, se anticipan a todos al comprender que Dios no ama a los hombres de acuerdo con sus méritos (ellos no los tenían), sino que el amor de Dios responde a las necesidades de las personas. Ellos, que vivían sofocados por el temor al castigo de Dios, quedan inundados por su amor incondicionado cuando Dios se manifiesta. Aquellos que eran considerados los parias de la sociedad y, por consiguiente, los más alejados de la acción divina, una vez que se han visto envueltos en la luz del Señor, pueden ahora desempeñar el mismo cometido de los ángeles, que eran considerados los seres más cercanos a Dios, o sea, alabarlo y glorificarlo: “Los pastores volvieron alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían oido y visto, conforme a lo que se les había dicho” (Lc 2,20).
Fray Ricardo Pérez Márquez, O.S.M.
Centro de Estudios Bíblicos “G. Vannucci” - Montefano (Mc) Italia