LITURGIA  Y VIDA

SILENCIO DE LA VIRGEN, SILENCIO LITÚRGICO

 

La piedad mariana debe tener, por así decirlo, el estilo mismo de la Virgen: estilo hecho de escucha, reflexión sapiental, de silencio. A los Padres de la Iglesia les agrada decir que desde el infinito silencio de Dios fue engendrada la Palabra eterna: y que también desde el silencio del corazón de la Virgen manó la palabra –fiat- premisa humana de la encarnación del Verbo.

 

En el silencio, el corazón de la Virgen aparece con arca en la cual se conserva la “memoria” de las intervenciones de Dios en la historia de Israel; Como lugar en el cual, atraídos por la reflexión, confluyen los tiempos de “antes”- de Adán, de Abraham, de David-  y del cual parte el tiempo de “después”- de Cristo y de la Iglesia-; como tierra en la cual ha sido sembrada la buena semilla que dará frutos abundantes; como cofre donde están custodiadas palabras de las cuales el Espíritu dará progresivamente a la Virgen misma y a la Iglesia la inteligencia plena y donde está depositada la Ley del Señor, luz y norma de vida.

 

En la liturgia el  silencio no es expresión de inercia, sino elemento estructural de la celebración. Favorece el recogimiento del cual brota la oración personal; consiente que la oración del que preside venga a ser con verdad y autenticidad oración de toda la asamblea; Facilita la asimilación de la Palabra proclamada y la escucha de la voz del Espíritu.

 

La Virgen  del silencio y de la escucha constituye una invitación a interiorizar la Palabra y a celebrar la liturgia penetrando su misterio; nosotros estamos llamados a imprimir a nuestras celebraciones marianas un tono y un estilo que favorezcan el silencio reflexivo; a envolverlas, por  decirlo así, en aquel santo signo del silencio, que hace íntimo lo Trascendente, audible el gemido del Espíritu, experimentable la presencia del la Palabra.