MARÍA
ANTE LA SEGUNDA ANUNCIACIÓN
“Madre mía y hermanos míos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”.
- Quizás, todo empezó cuando “envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen prometida con un hombre llamado José, de la familia de David; la virgen se llamaba María”. Y a su anuncia Ella, libre y voluntariamente, respondió “aquí tienes a la esclava del Señor, que se cumpla en mí tu palabra”.
O, seguramente, no. Seguramente todo empezó mucho antes, “al principio”, cuando “ya existía la Palabra y la Palabra se dirigía a Dios y la Palabra era Dios”. Y Dios decidió crear a María, haciéndola concebir libre e inmaculada, sin pecado alguno que turbara su decisión, para que así, sin nada que la mediatizara, pudiera elegir, como la primera mujer, entre el bien y el mal. Y María escogió el bien, y optó por ponerse a disposición de Dios, y así esa disposición la mantendría de por vida, tanto como madre de Jesús, como, aún más importante, como discípula de Cristo.
- María es madre y es discípula; y este “catecumenado” de María empieza bien temprano, prácticamente desde el nacimiento del Hijo, María va creciendo en su condición de Primera Cristiana, mientras medita en su corazón todo aquello que le va pasando. Y lo vemos en Lucas 1, 29; y lo volvemos a encontrar en Lucas 2, 19 y 51: Ella iba guardando y meditando todo lo que ocurría a su Hijo.
- Así, a la alegría de haber sido escogida Madre, va uniéndose, incluso va superponiéndose, el convencimiento de hacerse seguidora y coadyuvante de la obra salvadora de su Hijo.
- Pero este camino no será fácil. No supongamos que María entendía todo desde el principio, que María sabía perfectamente cuál era su labor y su misión. Todo lo contrario. La turbación, la contradicción que traía su Hijo, también la afectaba a Ella.
¿Por qué su pequeño actuaba como lo hacía? ¿ por qué los demás profetas y doctores del Templo, lo trataban de esa manera?. Ella, al principio, sólo era MADRE, y tuvo que poner toda su voluntad, toda su fe y su esperanza, a los pies de su Hijo, para poder entenderle, para poder seguirle. Desde el principio. Desde que el anciano Simeón la recibiera con aquellas incomprensibles palabras para una mujer del pueblo como era ella (Lc. 2, 34-35): Tu hijo “será una bandera discutida. En cuanto a ti, una espada te atravesará”.
¿Qué forma era aquella de referirse a su hijo recién nacido?
Por si fuera poco, el siguiente pasaje que nos presenta el evangelista Lucas, nos da otra pincelada de este camino que aparentaba oscuro pero que, en definitiva, la llevaba hacia la LUZ ETERNA (Lc. 2,49):
“¿Por qué me buscabas? ¿No sabías que yo tengo que estar en la casa de mi Padre?.
Jesús va mostrando, poco a poco, cuál era su naturaleza y cuál era su destino y su misión en la tierra, así como cuál debía ser el camino y la posición de María, no ya como Madre, sino como seguidora suya.
El punto culminante de este trayecto se encuentra poco más adelante, en Lc 8,21: “Madre mía y hermanos míos son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”.
- Este supuesto “distanciamiento” del Hijo respecto de la Madre, Ella lo acoge perfectamente como creyente, y nos lo demuestra claramente en su seguimiento de las andanzas apostólicas de su Hijo hasta el fin, hasta la cruz; empobreciéndose, cada momento, más de si misma, para enriquecerse del Hijo.
- Esta trayectoria de Madre a discípula, se va cumpliendo a lo largo de toda su vida, y eleva a María al puesto más alto después del Hijo: en ella, como en Cristo, se ha cumplido de modo ejemplar el proceso de humillación-exaltación, que es una constante de la revelación bíblica y encuentra en Cristo su expresión suprema: “se abajó, obedeciendo hasta la muerte y muerte en cruz. Por eso Dios lo encumbró sobre todo y le concedió el título que sobrepasa todo título”. Si en el cielo María está, después de Cristo, en el puesto más alto, es porque en la tierra estuvo, igualmente después de Cristo, en el puesto más bajo.
En su itinerario de Fe, María ha sabido ir renovándose según iba asimilando el mensaje de su Mesías y Maestro. Respondiendo con total confianza a la propuesta divina, ella será capaz de superar todos los obstáculos (familia, tradición religiosa, autoridad,...) que intenten separarla del Mesías, por eso ella misma realiza en su vida la invitación de Cristo:
“... cualquiera que cumpla el designio de Dios, ése es hermano mío y hermana y madre”.
y no será la “sierva”, sino la perfecta discípula que, tomando su cruz para seguir al Maestro cumple el designio del Padre: trabajar a favor del bien del hombre...
“... Santa María cumplió la voluntad del Padre y la cumplió totalmente, por esto mismo vale más para María el haber sido discípula de Cristo antes que madre de Cristo” (San Agustín, Discurso 72 A).
En sintonía con el pensamiento de San Agustín, definiendo a María como discípula del Señor, podemos subrayar, que el vínculo auténtico que une a María con Jesús no es aquél que se refiere al parentesco, pues su relación con el Mesías supera los lazos de la “carne” y de la “sangre” (mientras que este tipo de relación impide el verdadero seguimiento de Cristo porque denota siempre interés-ambición-egoísmo). Entre María y Jesús existe una nueva relación, que es la de aquellos que libre y voluntariamente participan en la construcción de una nueva sociedad, fundada en el amor y en la solidaridad hacia el prójimo. María, en su labor de evangelización como discípula, es una señal clara para todos nosotros de lo que significa aceptar la invitación de Jesús a ser “madre” y “hermanos” de Él, no en vista de un privilegio sino de una misión.
En María tenemos, por consiguiente, la prueba evidente de lo que evangelizar significa, y su participación en la misión liberadora de Jesús queda claramente expuesta en el camino que ella misma recorre para mantenerse fiel a su Señor. La adhesión que María da al proyecto de Dios no es algo estático que se encierra en la contemplación de sí mismo, tampoco es una adhesión que se manifiesta exclusivamente en un momento particular de su vida ( el si al ángel), sino que se trata de algo dinámico, una fidelidad que ella supo renovar día a día, porque fue capaz de responder, con la misma fe, la misma entereza y la misma disposición, a la novedad de cada instante, de cada circunstancia y encuentro que el mensaje le presentó.
Es por eso que podemos hablar de una “Segunda Anunciación” a María, o de María, pues el mismo “fiat” a los designios de Dios que da ante el Arcángel, lo continúa dando a cada exigencia que la obra salvadora le va presentando.
Es una disposición constante, nueva cada vez, y siempre libre de la perfecta discípula del Señor.
“Sed dóciles a la voz del espíritu”. Este podría ser un magnífico mensaje que nos transmite la vida de María. Ella supo ser arcilla que, en las manos del Padre, fue modelándose a cada momento para que se fuera creando esa Primera Cristiana.
La donación que Cristo hace desde la Cruz, entregándonos a María como Madre de todos los cristianos, tiene mucho que ver con su condición de discípula, pues el Señor no nos dejaba a una “madre biológica”, sino a un maravilloso ejemplo a seguir.
He ahí a la persona que mejor a sabido acoger, aceptar y poner en práctica mi mensaje, y su trabajo no ha terminado, su dedicación no acabará nunca, pues os situó bajo su protección, bajo su manto, para ser hijos suyos, para que, como niños que sois en el camino de la Vida Eterna, aprendáis de Ella, os fijéis en Ella, y avancéis, con Ella, en el conocimiento de la Palabra, en la evangelización de los hermanos y en el servicio a esos mismos hermanos.
Este podría ser el desarrollo de las palabras de Cristo a la mujer que se encontraba al pie de la cruz, y al discípulo en el que está representado toda la Iglesia, todo el pueblo cristiano.
Y nosotros, hoy, realmente, ¿hemos sabido entender todo lo que contenía las palabras del Maestro desde la Cruz al decirnos “hijo ahí tienes a tu madre”, a mí discípula?; realmente sabemos reconocer a María como persona entregada, como seguidora de Cristo, o nos quedamos en la visión angelical de su figura maternal?
El servita tiene como carisma propia la MARIANIDAD, pero ¿a qué María seguimos?, ¿quizás a una bucólica imagen iluminada, o la mujer fuerte, convencida, de fe auténtica, que sabe asumir y responder al duro cuestionamiento de su Hijo: quiénes son mi madre y mis hermanos?
Estas,
y otras cuestiones, no intentan sino dar al debate.
Rafael Guerrero Pinedo