MARIA
ESPERANZA DE LOS POBRES
Cristo es nuestra verdadera y suprema riqueza. Jesús nos condenó los bienes de este mundo. Pero, en contraposición con las formas de vida dominadas por la riqueza, eligió para sí una vida marcada por una pobreza radical (Flp 2, 6-7). Por tanto no es necesario indagar mucho en los Evangelios para descubrir la pobreza de Cristo. Está bastante claro: nació pobre, pobremente vivió y pobremente murió. Del anuncio de la Buena Noticia a los pobres hizo el signo para reconocer la venida del Reino. Así mismo proclamó dichosos a los pobres del espíritu, declarando que de ellos es el Reino de los cielos.
De la misma forma que Jesús, su Madre, aparece en los Evangelios como una mujer pobre, cuya vida estuvo marcada doblemente por la pobreza: pobreza según las categorías sociales:
Ella nace pobre en Galilea, en Nazaret, una aldea que no cuenta nada en la historia de Israel; es prometida a José, un humilde carpintero; da a luz a su Hijo en un establo y lo “acuesta en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón”; cuando el Hijo es perseguido debe huir a un país extranjero, donde conoce el exilio; de regreso a Nazaret, vive oscuramente por muchos años la vida de los pobres; durante la vida pública de su Hijo nada modifica su condición de mujer sencilla y de pueblo; vive la incomprensión de los demás para con su Hijo; soporta las humillaciones que le hacen y finalmente vive la muerte del Hijo, al pie de la Cruz.
Y pobreza según las categorías del Reino.
Sin embargo, ella es la mujer dichosa al servicio del Señor, fiel a la observancia de la ley, dócil a la voluntad de Dios. Mujer solidaria con los humildes de corazón (recordemos, Simeón, Ana, Isabel,...), atenta a las necesidades del prójimo (Bodas de Canaá) y solicita hacia la nueva comunidad de los discípulos de Jesús (Hch. 1, 14).
Ella es la mujer de corazón humilde, sencillo, confiado en Dios que, habiendo recibido misericordia, proclama la misericordia del Señor y exalta una acción liberadora (Lc. 1, 51-53).
El Magnificat es el canto de la liberación, toda la obra de Jesucristo y por tanto de Dios, está al servicio de la liberación del hombre y de la dignidad de los que nada tienen, de los últimos. Una vez concebido en su seno al Mesías Salvador, María entona el canto de liberación. Dios “mira” siempre a los pequeños. Su opción preferencial por los pobres recorre y caracteriza toda la historia de la salvación.
La Virgen se siente objeto particularísimo de esa opción. Ella, la “humilde esclava”, la pobre del Señor, la última ha sido hecha la primera, la insignificante a los ojos del mundo se ha convertido en la bendita de la historia “desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada”.
Por tanto siguiendo a María, la humildad es el camino a seguir, el orgullo es el orgullo es el opresor del que hay que liberarse. Como nos dice Jesús, la raíz de todo de dominio se encuentra en el corazón del hombre: “del corazón del hombre salen las intenciones malas...”, pero también del corazón brota el pilar de nuestra fe EL AMOR. ¿Cómo podemos liberar a los oprimidos, sin estar libres y liberados en el propio corazón?.
María sabe que la última palabra es de Dios “derriba a los potentados de sus tronos y exalta a los humildes”; se pone al lado de los humildes y ofendidos de este mundo para devolverles dignidad y esperanza. María denuncia valientemente las opresiones sociales, y anuncia la liberación divina.
Como
María, Sierva del Liberador, debemos ser también nosotros, siervos de la
liberación. En el mundo en que vivimos, aún persiste el rostro de la humillación
y de la opresión:
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El rostro abatido y la vida sesgada de las víctimas del terrorismo.
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El rostro endurecido y la vida manipulada del que aprieta el gatillo.
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El rostro desesperanzado y sin horizontes del desempleado.
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El rostro sin rostro del que llega en patera a nuestra orilla.
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El rostro apagado y cautivo del toxicómano.
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El rostro sin luz de los enfermos de Sida
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El rostro marcado por la fatiga de los ancianos
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El rostro magullado de las mujeres maltratadas
Sin olvidarnos de los excluidos: las minorías raciales amenazadas de extinción, las etnias objeto de humillantes limpiezas, los países en los que las mujeres son menos que nada.... “Nuestras ciudades amenazan con convertirse en sociedades de excluidos, de marginados, de desplazados y de suprimidos”.
¿Qué interrogantes nos proponen los rostros de los excluidos? ¿Cómo responder a ellos? ...
Los siervos de María debemos anunciar el mensaje del Magníficat, para rechazar todo compromiso con cualquier forma de injusticia social, y para la denuncia de toda forma de opresión de los pobres. Debemos orar para que nuestros corazones se abran a Dios porque: “levanta del polvo al desvalido y alza de la basura al pobre” (Sal. 112) y para escuchar el grito de los pobres: “haciendo que llegara a Dios el clamor de los pobres y que oyera el clamor de los afligidos” (Job 34, 28), que se eleva mas fuerte que nunca desde el fondo de su indigencia personal y su miseria colectiva.
No debemos caer en el error de presentar ciertas situaciones sociales como expresión de la “voluntad de Dios”, cuando son solamente efecto de los errores y acciones de los propios hombres.
Como María, no podemos permanecer de brazos caídos ante los inmensos problemas de nuestro tiempo, sino que debemos estar dispuestos a extender, la mano al hermano. Siempre en la mas absoluta gratuidad, debemos estar dispuestos a servir a los que la sociedad de la “eficiencia” y del poder considera “inútiles” y débiles.
Del corazón de la VIRGEN DE LA ESPERANZA ha brotado el Magníficat, canto de esperanza: esperanza en la “revolución de Dios”. En nuestros días debemos tener el coraje de la esperanza, mantener viva la tensión hacia el futuro, alimentar en nosotros y en los otros el sueño de un mundo nuevo, evitar toda actitud fatalista y creer que podemos intervenir en la historia.
En
esta actitud (de confianza en Dios y de denuncia de las injusticias) nos ha
precedido María. Su himno de acción de gracias es un canto de liberación
nacido de la Fe, (“para Dios nada es imposible”) necesaria e imprescindible
para los que no aceptan pasivamente las circunstancias adversas de la vida,
personales y sociales. Y, sobre todo, para los que llamándonos Siervos de María
estamos dispuestos a ser voz de los sin voz y lucha de los que todo tiene
perdido.
María José Guerrero
Pinedo.