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San Benito de Nursia
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Benito
fue hijo de un noble romano de Nursia, pequeña población cercana a
Espoleto. Hay una tradición, aceptada por san Beda, que afirma que
Benito fue gemelo de su hermana Escolástica. Pasó su niñez en Roma,
donde vivió con sus padres y asistió a la escuela hasta que llegó a
la educación superior. Fue en este punto cuando “habiendo regalado a
otros sus libros, y dejando la casa y la riqueza de su padre, deseoso de
servir sólo a Dios, se dio a la búsqueda de un sitio donde pudiera
lograr ese santo propósito. Fue así que abandonó Roma, instruido por
una ignorancia culta y provisto de una sabiduría no aprendida” (“Diálogos”,
san Gregorio, II, Introducción, en Migne, P.L. LXVI). No hay
concordancia de opiniones acerca de la edad de Benito en ese momento.
Generalmente se ha afirmado que fue a los catorce años, pero un examen
minucioso de la narración de san Gregorio hace imposible suponer que
eso sucedió antes de los 19 ó 20 años. Tenía edad suficiente para
haber estado en medio de sus estudios literarios, para entender el
significado real y el valor de las vidas disolutas y licenciosas de sus
compañeros, y para haber sido él mismo afectado profundamente por el
amor de una mujer (Ibid. II, 2). Era perfectamente capaz de sopesar
todos esos elementos y compararlos con la vida que se aconsejaba en los
Evangelios, y de optar por esta última. Estaba iniciando su vida; tenía
a su alcance los medios para hacer una carrera en la nobleza romana. No
era ciertamente un chiquillo. San Gregorio afirma: “estaba en el mundo
y era libre de disfrutar de las ventajas que el mundo le ofrecía, pero
dio un paso atrás del mundo, en donde ya había puesto el pie” (Ibid.
Introducción).
Si se acepta el año
480 como la fecha de su nacimiento, podremos pensar que el abandono de
sus estudios y de su hogar sucedió alrededor del año 500 d.C. No
parece que Benito haya salido de Roma con el objeto de convertirse en
eremita, sino simplemente de encontrar un lugar alejado de la vida de la
gran ciudad. Basta observar que se llevó con él a su anciana nodriza
para que lo sirviera, y se estableció en Enfide, cerca de un templo
dedicado a san Pedro, en compañía de “hombres virtuosos” que
compartían sus sentimientos y su perspectiva sobre la vida. La tradición
de Subiaco identifica Enfide como la actual Affile, que se encuentra en
las montañas Simbrucini, alrededor de cuarenta millas de Roma y dos de
Subiaco. Está sobre la cima de un risco que se levanta abruptamente
desde el valle hacia una cadena de montañas, y que vista desde el valle
se asemeja a una fortaleza. Según describe la narrativa de san
Gregorio, y lo confirman las ruinas del pueblo antiguo y las
inscripciones encontradas en los alrededores, Enfide era un sitio de
mayor importancia que la población actual. Fue en Enfide donde Benito
operó su primer milagro restaurando a su condición original una criba
de trigo hecha de barro que su anciana sierva había roto
accidentalmente. El renombre que ese milagro le dio a Benito hizo que éste
buscara irse más lejos aún de la vida social y “escapó secretamente
de su nodriza y buscó el rincón más apartado de Subiaco”. Había
sido transformado el propósito de su vida. Originalmente había
escapado de los males de la gran ciudad; ahora estaba determinado a ser
pobre y a vivir de su propio trabajo. “Por Dios escogió
deliberadamente las durezas de la vida y el cansancio del trabajo” (Ibidem
1). A
una corta distancia de Efide está la entrada de un valle angosto y
oscuro que penetra en la montaña y conduce directamente a Subiaco. Al
otro lado del río Anio y desviándose a la derecha, el sendero asciende
siguiendo la cara izquierda del precipicio y pronto llega al sitio de la
villa de Nerón y de la enorme masa formada por el extremo inferior del
lago central. En el otro extremo del valle están las ruinas de los baños
romanos de los cuales aún subsisten algunos grandes arcos y trozos de
los muros. Sobresale de entre veinticinco arcos bajos, cuyos cimientos
pueden ser perceptibles aún hoy día, el puente que une la villa y los
baños, y bajo el cual fluye en cascada el agua del lago central al lago
inferior. Las ruinas de esos amplios edificios y el ancho caudal de la
cascada cerraban el paso de Benito al llegar éste de Enfide. Hoy día
el valle yace abierto ante nosotros, cerrado solamente por las lejanas
montañas. El sendero continúa ascendiendo mientras el lado del
precipicio, sobre el que corre, se hace más y más empinado hasta
llegar a una cueva sobre la que la montaña se eleva casi
perpendicularmente. A su lado derecho desciende rápidamente hasta donde
estaban, en tiempos de san Benito, las azules aguas del lago. La boca de
la cueva es de forma triangular y tiene unos diez pies de profundidad.
De camino desde Efide, Benito encontró a un monje, Romano, cuyo
monasterio estaba en la montaña sobre el precipicio donde estaba la
cueva. Romano discutió con Benito el propósito del viaje que había
llevado este último a Subiaco, y le dio un hábito monacal. Por consejo
de Romano, Benito se convirtió en eremita y así vivió por tres años,
desconocido de la gente, en esa cueva sobre el lago. San Gregorio dice
poco de ese tiempo, pero ya no dice que Benito era un joven (puer) sino
un hombre (vir) de Dios. Dos veces nos dice que Romano sirvió al Santo
en todo lo que pudo. Parece ser que el monje visitaba frecuentemente a
Benito y le llevaba comida en ciertos días. Durante esos años de
soledad, rotos sólo por algunos encuentros casuales con el mundo
exterior y por las visitas de Romano, maduró en mente y en carácter,
en el conocimiento de si mismo y de sus hermanos hombres, y al mismo
tiempo no solamente su nombre se fue haciendo famoso sino que conquistó
el respeto de quienes vivían a su alrededor. Su nombre era tan
respetado que, a la muerte del abad de un monasterio vecino
(identificado por algunos como Vicovaro), la comunidad lo buscó para
pedirle que aceptara ser el nuevo abad. Benito conocía la vida y la
disciplina de ese monasterio y también sabía que “su estilo de vida
era distinto al suyo y que nunca podrían estar totalmente de acuerdo,
pero, después de un tiempo, vencido por su insistencia, aceptó” (Ibid.
3). La experiencia fracasó. Los monjes intentaron envenenarlo, de modo
que Benito volvió a su cueva. A partir de ese tiempo sus milagros se
hicieron más frecuentes, y muchas personas, atraídas por su santidad y
su carácter, llegaron a Subiaco para ponerse bajo su guía. Benito
construyó doce monasterios en el valle para acomodar a esas personas.
En cada uno de ellos puso a un superior con doce monjes. El vivía en el
treceavo, con “unos cuantos, a los que él consideraba que su
presencia sería más útil y podrían ser instruidos mejor” (Ibid.,
3). Pero él se convirtió en el abad y el padre de todos. Con el
establecimiento de esos monasterios comenzaron las escuelas para niños,
y entre éstos, unos de los primeros fueron Mauro y Plácido. El
resto de la vida de Benito fue dedicada a llevar a cabo el ideal de
monasticismo que nos ha dejado plasmado en su Regla. Antes de seguir con
la breve narración cronológica de su vida que nos transmite san
Gregorio, será mejor examinar el ideal que, para san Gregorio,
constituye la verdadera biografía de Benito (Ibid. 36). Aquí
trataremos de la Regla solamente en cuanto que ésta es un elemento
primordial en la vida de san Benito. Para considerar la influencia que
la Regla tuvo en el monasticismo de las épocas anteriores y en los
gobiernos civiles y religiosos occidentales, y sobre la vida de los
cristianos, (vease MONASTICISMO y SAN BENITO) LA
REGLA BENEDICTINA 1.
Antes de ponernos a estudiar la Regla de san Benito hace falta señalar
que fue escrita para seglares, no para clérigos. No era el propósito
del Santo establecer una orden de clérigos con obligaciones y funciones
clericales, sino una organización y unas normas apropiadas para la vida
doméstica de los seglares que quisiesen vivir en la forma más plena
posible la vida sugerida por el Evangelio. “Mis palabras- dice san
Benito- se dirigen a ti que, renunciando a tu propia voluntad, te
revistes de la fuerte y brillante armadura de la obediencia para pelear
por nuestro Señor Cristo, nuestro verdadero Rey” (Prólogo a la
Regla). Más tarde, la Iglesia impuso el estado clerical a los
benedictinos, y con él se impusieron las obligaciones de las funciones
clericales y sacerdotales, pero siempre ha permanecido la impronta del
origen seglar de los benedictinos, y ello constituye quizás una de las
señales distintivas de esa orden frente a otras de origen posterior. 2.
Otra característica de la Regla del Santo es su perspectiva del
trabajo. La así llamada orden no se estableció para llevar a cabo algún
trabajo en particular ni para solucionar alguna crisis de la Iglesia en
particular, como sucedió en otras órdenes. Para Benito, el trabajo de
sus monjes era simplemente un medio para llegar a lo bueno de la vida.
La gran fuerza disciplinaria de la naturaleza humana es el trabajo; el
ocio es su ruina. El objetivo de su Regla era llevar a los hombres “de
regreso a Dios por el trabajo obediente, del que se habían alejado por
el ocio de la desobediencia”. El trabajo es la primera condición de
crecimiento en el bien. Fue precisamente para que su propia vida se
“fatigara con el trabajo en nombre de Dios” que san Benito dejó
Enfide para ir a la cueva de Subiaco. San Gregorio comenta que es
necesario que los elegidos de Dios se “fatiguen con labores y penas”
al inicio, cuando las tentaciones son más fuertes. En el proceso de
regeneración de la naturaleza humana en el orden de la disciplina,
incluso la oración tiene un segundo lugar, detrás del trabajo, ya que
en el alma del ocioso la gracia se encuentra con el rechazo. Cuando
“el Godo” (uno del que habla san Gregorio) “dejó el mundo” y
subió a Subiaco, san Benito le entregó un azadón y lo envió a
desbrozar un campo para hacer un jardín. “Ecce!, Labora!”, ve y
trabaja. El trabajo no era, como afirmaban las civilizaciones contemporáneas,
una condición peculiar de los esclavos. Es el destino de todo hombre,
necesario para su bienestar como persona humana y esencial como
cristiano. 3.
La vida religiosa, según la concibió san Benito, es esencialmente
social. Una vida alejada de los demás, la vida de los eremitas, si
quiere ser sana e integral, sólo es buena para unos cuantos, y éstos
deben haber alcanzado una etapa avanzada de auto disciplina a través de
la vida comunitaria (Regla, 1). La Regla se ocupa totalmente de la
reglamentación de la vida de una comunidad de varones que oran, comen y
trabajan juntos y sirve no solamente como estrategia didáctica, sino
como un elemento permanente de su vida. La Regla concibe al superior
como alguien siempre presente y en continuo contacto con cada miembro
del gobierno, el cual es descrito como patriarcal o paternal (Ibid. 2,
3, 64). El superior es la cabeza de la familia. Todos son miembros
permanentes de un hogar. Gran parte de la enseñanza espiritual de la
Regla queda escondida entre una normatividad que parece ser simplemente
social y la organización doméstica (Ibid. 22-23, 35-41). Todo el marco
y la enseñanza de la Regla están de tal modo conectados con la vida
doméstica que se puede pensar que un benedictino, más que entrar a una
orden religiosa parece entrar a una familia. El carácter social de la
vida benedictina ha encontrado su expresión en un tipo fijo de
monasterios y en la clase de trabajos emprendidos por los benedictinos.
Además, está asegurado por un absoluto comunismo en las posesiones (Ibid.
33, 34, 54, 55), por la rigurosa supresión de todo rango mundano-
“nadie de noble cuna puede ser (por esa razón) ser puesto en una
posición superior a quien antes era esclavo” (Ibid., 2)-, y por la
presencia forzada de todos en las rutinas diarias de la casa. 4.
Si bien la Regla prohíbe estrictamente la propiedad privada, en el
concepto que san Benito tenía de la vida monástica no entraba el que
los mojes, como cuerpo, debieran desprenderse de toda riqueza y vivir de
las limosnas de los fieles. Su propósito era más bien limitar los
requerimientos individuales a sólo aquello que es estrictamente
necesario y simple, y asegurar que el uso y administración de las
posesiones comunes se realizaran de acuerdo al Evangelio. La idea
benedictina de pobreza es muy distinta de la franciscana. Los
benedictinos no hacen un voto explícito de pobreza. Su único voto es
de obediencia según la Regla. La Regla permite todo lo que es necesario
al individuo, junto con ropa suficiente y variada, comida abundante
(excepción hecha de carne de cuadrúpedos), vino y suficiente sueño (Ibid.
39, 40, 41, 55). Las posesiones pueden ser tenidas en común, pueden ser
muchas, pero siempre deben ser administradas a favor del trabajo de la
comunidad y para el beneficio de otros. El monje individual es pobre,
pero el monasterio debe estar en posibilidad de dar limosnas y no
obligado a recibirlas. Hay que aliviar al pobre, vestir al desnudo,
visitar al enfermo, enterrar a los muertos, auxiliar a los afligidos (Ibid.
4), acoger a los forasteros (Ibid. 3). Los pobres se acercaban a Benito
para obtener medios de pagar sus deudas (Dial. San Gregorio, 27); se
acercaban a él para saciar su hambre (Ibid. 21, 28). 5.
San Benito diseñó una forma de gobierno que merece atención. Está
contenido en los capítulos 2, 3, 31, 64, 65 de la Regla y en ciertas
frases claves dispersas en los demás capítulos. Al igual que la Regla,
también su modelo de gobierno no está diseñado para una orden sino
para una comunidad. Presupone que los miembros de la comunidad se han
unido, por la promesa de estabilidad, comprometidos a pasar sus vidas
juntos bajo la Regla. El superior es elegido por medio de sufragio
universal y libre. Se puede decir que su gobierno es una monarquía,
pero sometida a la Regla como constitución. Todo se deja a la discreción
del abad, dentro del marco de la Regla, y cualquier posible abuso de
autoridad es controlado por la religión (Regla, 2), por el debate
abierto sobre los asuntos importantes en la comunidad, y por la discusión
con los ancianos acerca de los asuntos menores (Ibid. 3). La realidad de
esta vigilancia sobre la voluntad del gobernante sólo se puede apreciar
debidamente cuando se recuerda que tanto el gobernante como la comunidad
están unidos de por vida, que todos están inspirados por el propósito
común de llevar a cabo la concepción de la vida que aparece en el
Evangelio, y que la relación de los miembros de la comunidad entre si y
con el abad, y del abad hacia ellos, está sublimada y espiritualizada
por un misticismo que se inspira en las enseñanzas del Sermón de la
Montaña, acogidas éstas como verdades que deben ser vividas en la vida
real. 6.
(a) Cuando un hogar cristiano, o una comunidad, ha sido organizada sobre
la aceptación voluntaria de los deberes y responsabilidades sociales de
cada miembro, sobre la obediencia a una autoridad y, más aún, sobre la
disciplina continua de trabajo y auto negación, el siguiente paso en la
regeneración de los miembros, en su conversión a Dios, es la oración.
La Regla habla directa y explícitamente de la oración pública. A ella
le asigna Benito los salmos y cánticos, con lecturas de la Sagrada
Escritura y de los Padres. Dedica 11 de los 27 capítulos de su Regla a
la normatividad de la oración pública. Es característico de la
libertad de su Regla, y de la “moderación” del Santo, que él
concluye sus cuidadosas enseñanzas diciendo que si algún superior no
está de acuerdo con lo que él indica puede libremente modificarlo. Únicamente
insiste en que todo el salterio debe ser recitado en una semana. Añade
que la práctica de los Santos Padres era indiscutiblemente “recitar
en un solo día lo que nosotros, los tibios monjes, apenas hacemos en
una semana” (Ibid. 18). Por otra parte, advierte en contra del celo
excesivo al establecer la regla general de que “la oración hecha en
comunidad siempre debe ser breve” (Ibid.. 20). Es muy difícil
sistematizar la enseñanza de san Benito acerca de la oración, sobre
todo porque, desde su perspectiva acerca del carácter cristiano, la
oración es algo que debe coexistir con la vida toda, y la vida, a su
vez, no es completa si no está empapada por la oración. (b)
San Benito llama “el primer grado de humildad” a la oración que
cubre todas nuestras horas de vigilia. Consiste en estar en presencia de
Dios (Ibid. 7). El primer paso se da cuando lo espiritual se une a lo
meramente humano, o, como lo expresa el Santo, es el primer escalón de
una escalera que va del cuerpo al alma. La habilidad para practicar este
tipo de oración se refuerza con el cuidado del “corazón”, sobre el
que insiste frecuentemente el Santo. El corazón se libra de la disipación
resultante de las relaciones sociales gracias al hábito mental de ver a
Jesucristo en todos los demás. “Hay que servir en todo al enfermo
como si fuera el mismo Cristo” (Ibid.. 36). “Que los visitantes que
se acerquen a nosotros sean recibidos como Cristo” (Ibid.. 53). “Ya
seamos libres, ya esclavos, todos somos uno en Cristo y tenemos igual
rango en el servicio de Nuestro Señor” (Ibid.. 2) (c)
En segundo lugar está la oración. Esta debe ser breve y se debe decir
en intervalos durante la noche y en siete distintas ocasiones durante el
día, de modo que, de ser posible, no se darán largos intervalos sin
que haya una llamada a la oración formal, vocal (Ibid.. 16). El lugar
que Benito da a la oración pública, común, se puede describir
diciendo que él la estableció como el centro de la vida comunitaria a
la que se vinculan sus monjes. Se trata nada menos que de la consagración,
no del individuo, sino de la comunidad entera a Dios a través de la
repetición diaria de actos públicos de fe, de alabanza y de adoración
al Creador. Este acto público de culto a Dios, este “opus Dei”,
debería ser la tarea principal de sus monjes, a la vez que la fuente de
la que todas las demás faenas tomaran su inspiración, dirección y
fuerza. (d)
En último lugar está la oración privada. Sobre ella no da ninguna
norma el Santo. Debe apegarse a los dones personales: “Si alguno desea
orar en privado, déjesele ir en silencio al oratorio a orar, no en voz
alta, sino con lágrimas y fervor de corazón” (Ibid.. 52). “Nuestra
oración debe ser breve y con pureza de corazón, aunque puede ser
prolongada por la inspiración de la gracia divina” (Ibid.. 20). Si
san Benito no da más normas acerca de la oración privada es porque
toda la condición y el modo de vida asegurado por la Regla, así como
el carácter derivado de la observancia de esta última, conduce
naturalmente a estados más elevados de oración. El Santo escribe: “Tú,
quienquiera que tengas prisa por ir hacia la Patria Celestial, cumple
con la ayuda de Cristo esta pequeña regla que he escrito para los
principiantes, y a la larga llegarás, bajo la protección de Dios, a
las altas cimas de la doctrina y virtud de las que hablamos más
arriba” (Ibid. 73). Refiere Benito al lector a los Padres, a Basilio y
a Casiano para guía acerca de esos estados más elevados. De
este corto examen de la Regla y su sistema de oración, parece obvio que
describir la orden benedictina como contemplativa es un error, si es que
se usa el término en su acepción técnica moderna, que excluye el
trabajo activo. Lo “contemplativo” indica una forma de vida marcada
por diferentes circunstancias y con un propósito distinto al de san
Benito. La Regla, incluyendo su sistema de oración y la salmodia pública,
está hecha para toda clase de mentes y para cada grado de conocimiento.
No sólo fue redactada para los cultos y para las almas avanzadas en la
perfección, sino que organiza y dirige completamente la vida de las
personas sencillas y los pecadores, para que puedan cumplir los
mandamientos y comenzar una vida de bien. “Hemos escrito esta Regla-
escribe san Benito- para que a base de cumplirla en los monasterios
podamos demostrarnos a nosotros mismos que tenemos un cierto grado de
bondad en la vida y el inicio de la santidad. Pero para aquellos que
desean acelerar su camino a la perfección de la religión, ahí están
las enseñanzas de los Santos Padres, cuyo seguimiento puede llevar a
los hombres al culmen de la perfección” (Ibid.. 73). Antes de
abandonar el tema de la oración será bueno señalar de nuevo que al
ordenar la recitación pública y el canto del salterio, san Benito no
estaba poniendo sobre sus monjes obligaciones claramente clericales. El
salterio era la forma común de oración de todos los cristianos. No
debemos ver en la Regla algunas características que edades posteriores
y la disciplina han convertido en algo inseparable de la recitación pública
del Oficio Divino. Podemos
ahora retomar la historia de san Benito. No sabemos cuánto tiempo
permaneció en Subiaco. El Abad Tosti conjetura que debe haber sido
hasta el año 529. De esos años san Gregorio se contenta con narrar
algunas historias que describen la vida de los monjes y el carácter y
gobierno de san Benito. Esta última función la realizó san Benito al
intentar llevar a cabo en los doce monasterios su concepto de vida monástica.
A partir de la Regla podemos intentar completar muchos detalles. Por
experiencia propia y por su conocimiento de la historia del monasticismo,
Benito sabía que la regeneración del individuo, fuera de casos
excepcionales, no se logra a través de la soledad, ni de la austeridad,
sino siguiendo el camino trillado del instinto social del hombre, con
sus condiciones necesarias de obediencia y trabajo. Sabía también que
ni la mente ni el cuerpo pueden ser sobrecargados en su esfuerzo de
evitar el mal (Ibid.. 64). Por eso en Subiaco no encontramos solitarios,
ni eremitas conventuales, ni grandes austeridades, sino únicamente
varones reunidos en comunidades organizadas con el objeto de llevar
vidas buenas, trabajando en lo que les llegaba a sus manos: portando
agua hasta la cima de pronunciadas montañas, haciendo faenas de casa,
construyendo los doce claustros, limpiando el terreno, haciendo
jardines, enseñando a los niños, predicando a los campesinos, leyendo
y estudiando al menos cuatro horas diarias, acogiendo a los forasteros,
recibiendo y entrenando a los nuevos monjes, participando en las horas
regulares de oración, recitando y cantando el salterio. La vida de
Subiaco y el carácter de san Benito atrajeron a muchos a los nuevos
monasterios, pero con los números cada vez mayores, y su creciente
influencia, llegaron también inevitablemente los celos y las
persecuciones, que alcanzaron su punto culminante cuando un sacerdote
vecino intentó escandalizar a los monjes llevándoles una mujer desnuda
para que bailara en el patio del monasterio donde residía san Benito
(Dial. San
Gregorio, 8). Para
proteger a sus seguidores de ulteriores persecuciones, Benito abandonó
Subiaco y se dirigió a Monte Casino. . Sobre
la cima de Monte Casino “había una antigua capilla en la que la gente
simple del campo, según la costumbre de los gentiles viejos, daba culto
al dios Apolo. Alrededor y sobre ella, en todos lados, había madera
para el servicio de los demonios, y en ella, hasta ese día, la loca
multitud de infieles ofrecían los más perversos sacrificios. El hombre
de Dios, acercándose, hizo pedazos el ídolo, destruyó el altar y puso
fuego a la madera, y en lo que había sido el templo de Apolo construyó
el oratorio de san Martín; donde había estado el altar del mismo Apolo
construyó un oratorio para san Juan. Gracias a su continua predicación
llevó a los pobladores de la región a abrazar la fe cristiana” (Ibid..
8). Fue en este sitio que el Santo edificó su monasterio. Su
experiencia de Subiaco le había aconsejado cambiar sus planes, por lo
que en esta ocasión en vez de construir varias casas, con una comunidad
pequeña en cada una, puso a todos los monjes en el mismo monasterio y
cuidó de su gobierno nombrando a un prior y varios decanos (Regla, 65,
21). En la Regla- que probablemente fue redactada en Montecasino- no
encontramos pista alguna que nos ayude a entender porqué construyó
esos doce monasterios en Subiaco. La vida de la que hemos sido testigos
en Subiaco se reanudó en Montecasino, pero el cambio de la situación y
de las condiciones locales produjeron una modificación en el trabajo
adoptado por los monjes. Subiaco es un valle lejano, perdido en las
montañas y de difícil acceso. Casino está en una de las carreteras más
transitadas del sur de Italia, y no está lejos de Capua. Eso ocasionó
que el monasterio estuviera más en contacto con el mundo exterior.
Pronto se convirtió en un centro de gran influencia en un distrito muy
poblado, en el que había varias diócesis y otros monasterios. Los
abades llegaban a consultar a Benito. Había visitas continuas de gentes
de toda clase, y entre los amigos de Benito se contaban nobles y
obispos. Había también en la cercanía monasterios de monjas a los que
los monjes acudían para predicar y enseñar. Hay un poblado cercano en
el que Benito predicó e hizo muchos conversos (Dialog. San
Gregorio, 19).
El monasterio
se convirtió en un protector de los pobres y su garante (Ibid.. 13), su
refugio en la enfermedad, en las angustias, en los accidentes y en la
necesidad. Durante
la vida del Santo hay una cosa que siempre ha permanecido como una
característica inmutable de las casas benedictinas: sus miembros
aceptan cualquier trabajo que se adapte a sus circunstancias peculiares;
el que sea dictado por sus necesidades. Así encontramos a los
benedictinos enseñando en escuelas pobres y en universidades,
practicando las bellas artes y haciendo faenas de agricultura, teniendo
cuidado de las almas o consagrándose enteramente al estudio. Ninguna
labor es ajena al benedictino, con la condición de que sea compatible
con la vida comunitaria y con el rezo del Oficio Divino. Tal libertad de
elección laboral es indispensable en una Regla que tenía el propósito
de ser útil para en tiempo y lugar, pero sobre todo era el fruto
natural de la perspectiva de san Benito, lo que lo hace diferente de los
fundadores de órdenes religiosas posteriores. Éstos tenían en mente
un trabajo especializado al que deseaban que se dedicaran sus
seguidores. El objetivo de san Benito era crear una Regla que pudiera
ser observada por cualquiera que quisiera seguir los consejos evangélicos,
en la vida, en la oración y en el trabajo, para salvar su alma. La
narración que hace san Gregorio del establecimiento de Montecasino únicamente
nos da pequeñas pinceladas desconectadas de escenas que dibujan la vida
diaria de la vida monacal. Hay algunos datos biográficos novedosos.
Desde Montecasino san Benito fundó otro monasterio cerca de Terracina,
en la costa, como a cuarenta millas de distancia (Ibid.. 22). Añadiremos
el don de la profecía a la sabiduría de la larga experiencia y a las
maduras virtudes de la santidad. San Gregorio nos da muchos ejemplos.
Entre estos, el caso más celebrado es el de la visita de Totila, Rey de
los Godos, en el año 543, cuando el Santo lo “regañó por sus malas
acciones y en pocas palabras le advirtió sobre todo lo que le iba a
suceder, diciéndole: “Haces diariamente mucho mal, y has cometido
muchos pecados; abandona ya tu vida de pecado. Entrarás a la ciudad de
Roma, y cruzarás el mar; has de reinar nueve años y al décimo dejarás
esta vida mortal”. Al oír esas palabras, el Rey se atemorizó, y se
alejó, deseando que el santo varón hiciera oración a Dios por él.
Desde entonces nuca fue tan cruel como antes. Poco después fue a Roma,
viajó por mar a Sicilia, y al décimo año de su reinado perdió el
reino y la vida (Ibid.. 15). La
fecha de la visita de Totila a Montecasino, 543, es la única fecha de
la vida del Santo de la que tenemos certeza. Debe haber acontecido
cuando Benito ya era de edad avanzada. Como otros biógrafos, el Abad
Tosti data la muerte del Santo en ese mismo año. Poco antes de su
muerte oímos hablar por primera vez de su hermana Escolástica. “Ella
había sido dedicada al Señor desde su infancia, y llegaba a visitar a
su hermano cada año. Y el hombre de Dios se alejaba un poco de la
puerta, a un sitio que pertenecía a la abadía, para platicar con
ella” (Ibid.. 33). Su último encuentro sucedió tres días antes de
la muerte de Escolástica, en un día “en que el cielo estaba tan
claro que no se veía ninguna nube”. La hermana le rogó a Benito que
pasaran la noche juntos, pero “nada lo hizo acceder a ello, diciendo
que por ningún motivo podía él pasar la noche fuera de la abadía...
La monja, habiendo oído la negación de su hermano, juntó sus manos,
las colocó sobre la mesa e, inclinándose sobre ellas, oró a Dios
Todopoderoso. Al levantar la cabeza de la mesa, súbitamente se desató
una terrible tempestad de rayos y truenos, y tan copiosa lluvia, que ni
el venerable Benito, ni los monjes que lo acompañaban, pudieron sacar
la cabeza fuera de la puerta” (Ibid.. 33).Tres días después
“Benito observó cómo el alma de su hermana, separada de su cuerpo,
en forma de paloma, ascendía al cielo. Lleno de regocijo de ver su gran
gloria, dio gracias Dios todopoderoso con himnos y alabanzas, y comunicó
la noticia de la muerte de su hermana a los monjes, a quienes mandó
llevar su cadáver a la abadía, para enterrarlo en la tumba que él había
preparado para si mismo” (Ibid.. 34). Debe haber sido por ese mismo
tiempo que Benito tuvo esa maravillosa visión, en la cual él estuvo
tan cerca de ver a Dios cuanto es posible a un ser humano en esta vida.
Los santos Gregorio y Buenaventura dicen que Benito vio a Dios y que en
esa visión de Dios también vio todo el mundo. Santo Tomás niega que
eso haya sido posible. Sin embargo, Urbano VIII no duda en afirmar que
“el Santo, aún estando en esta vida, merecía ver a Dios en persona
y, en Él, todo lo que está bajo Él”. Si no fue al Creador a quien
vio, ciertamente vio la luz que reside en el Creador, y en esa luz, dice
san Gregorio: “vio todo el mundo reunido como si estuviera bajo un
rayo de sol. Al mismo tiempo vio el alma de Germano, Obispo de Capua,
siendo llevado por los ángeles al cielo en un globo de fuego” (Ibid.
35). Una vez más se le revelaron las cosas escondidas de Dios, y él
avisó a sus hermanos, tanto “a los que habían vivido con él
diariamente como a los que vivían lejos” de su próxima muerte.
“Seis días antes de morir dio órdenes de que se abriera su sepulcro
y siendo preso de una calentura, con tremenda fiebre comenzó a perder
el sentido. Como la enfermedad empeorase día a día, al sexto día
ordenó a sus monjes que lo llevaran al oratorio, en donde se armó por
la recepción del Cuerpo y sangre de Nuestro Salvador Jesucristo.
Sostenido por los brazos de sus discípulos, se irguió con los brazos
hacia el cielo, y orando de esa manera entregó su espíritu” (Ibid,
37). Fue sepultado en la misma tumba que su hermana “en el oratorio de
San Juan Bautista, que él mismo había edificado cuando derribó el
altar de Apolo” (Ibid). Existen ciertas dudas sobre si los restos del
Santo reposan en Montecasino, o si fueron llevados a Fleury. El Abad
Tosti, en su “Vida de San Benito”, discute ese punto con profundidad
(cap. XI) y decide la controversia a favor de Montecasino. Quizás
los rasgos más notables de san Benito sean su profundo y amplio
sentimiento humano y su moderación. Lo primero se revela en muchas anécdotas
registradas por san Gregorio. Lo vemos en su simpatía y cuidado por el
más sencillo de los monjes; su prisa por ayudar al pobre godo que había
perdido su azada; su pasar horas durante la noche en la montaña para
evitar a sus monjes la carga de acarrear agua y así quitar de sus vidas
una “causa justa de molestia”; quedarse tres días en un monasterio
para enseñar a uno de los monjes a “quedarse quieto durante la oración
como los demás monjes”, en vez de salirse de la capilla y vagar por
ahí “buscando ocuparse en asuntos terrenales y pasajeros”. Permite
al cuervo del bosque vecino acercarse diariamente, mientras los demás
están cenando, para alimentarlo él mismo. Su pensamiento siempre está
con los ausentes. Sentado en su celda sabe que Plácido ha caído en un
lago; tiene una visión en la que acontece un accidente a unos
constructores y les manda avisar; en espíritu y en una especie de
presencia real,
está con sus monjes “comiendo y refrescándose” durante un
viaje de estos últimos, con su amigo Valentiniano de camino al
monasterio, con un monje recibiendo de las monjas un regalo, con la
nueva comunidad de Terracina. A lo largo de la narración de san
Gregorio, siempre aparece como el mismo hombre amante de la paz, quieto,
gentil, digno, fuerte, que gracias a la sutil fuerza de su simpatía se
convierte en el centro de las vidas e intereses de todos los que lo
rodean. Lo vemos en el templo con sus monjes, durante la lectura, a
veces en los campos, pero más normalmente en su celda donde los
mensajeros frecuentemente lo hallan “llorando silenciosamente en su
oración”, y durante las horas de la noche de pie “junto a su
ventana en la torre, ofreciendo a Dios sus oraciones”. A veces también,
como lo descubrió Totila, está sentado fuera de la puerta de su celda,
o “ante el portón del monasterio, leyendo un libro”. Benito nos ha
dejado un retrato de si mismo en su descripción del abad ideal (Regla,
64): “Es propio del abad estar siempre haciendo algo bueno a favor de sus hermanos, en vez de presidir sobre ellos. Debe por tanto, estar educado en la ley de Dios, para saber cuándo debe sacar cosas nuevas y viejas; debe ser casto, sobrio y misericordioso, siempre prefiriendo la misericordia que la justicia, para que él también obtenga misericordia. Odie el pecado y ame a sus hermanos. Aún al corregirlos, actúe con prudencia, sin ir muy lejos, porque un afán desmedido de quitar aprisa la herrumbre puede causar que se rompa el vaso. Nunca pierda de vista su propia fragilidad y recuerde que no se debe romper la vara raspada. Con lo cual no queremos decir que se debe soslayar el vicio, sino que debe erradicarlo con prudencia y caridad, en la forma más conveniente a cada persona, como ya dijimos. Busque mejor ser amado que temido. Que no sea violento o demasiado ansioso; ni exigente u obstinado; ni celoso o suspicaz. Porque si no lo hace así, jamás podrá descansar. Al dar órdenes, ya temporales ya espirituales, siempre hágalo en forma prudente y considerada. Cuando deba imponer trabajos, sea discreto y moderado, teniendo en mente la discreción del santo Jacob cuando dijo: “Si canso demasiado a mi rebaño, todas las ovejas perecerán en un día”. Con tales testimonios sobre la discreción, la madre de todas las virtudes, sacados de estas o parecidas palabras, siempre actúe moderadamente, de modo que el fuerte siempre tenga algo porque luchar y el débil nada de que temer” |