OCASO EN EL CARMELO

La tarde parece como si quisiera desvestirse de su atuendo primaveral; es una tarde casi final del mes de abril, se diría que tal vez por designio del destino guardase paralelismo con el acto que se celebra, seminublada, tranquila, algo fría..., todo parece encubrir un no se qué de misterio, que envuelve a un grupo específico de personas.

Ya, en el templo Carmelitano de San Fernando todo lo anterior parece cobrar más realce, bajo sus iluminadas bóvedas.

Esta Iglesia, alegre en multitud de ocasiones, con sus magníficos cultos en determinadas y frecuentes solemnidades, parece en esta tarde ataviarse con un marcado y singular atractivo.

Toda iluminada deja ver el magnífico retablo barroco, que parece arder bajo las lámparas y las llamas vibrantes de la encendida candelería. En el centro del mismo y como queriendo fortalecer a los presentes, con su mirada, la Madre del Carmelo: ella parece querer, con su pierna extendida ligeramente hacia adelante, bajar y dar a cada uno un poco de ese consuelo trascendente, que tan difícilmente encontramos por causa de nuestro apego terrenal.

En el crucero del templo sobre un severo túmulo, escoltado por la luz de los cirios, reposa en liso féretro el cadáver del religioso por el cual se celebra el funebre oficio.

La celebración se realiza con suma solemnidad;  los cantos van calando en los asistentes y cada vez nos vemos, casi sin darnos cuenta, más inmersos dentro de lo que estamos celebrando: despedimos a un amigo, acompañamos a sus familiares, nos solidarizamos con la comunidad.

Se podría afirmar que nuestra mente se desboca en la reflexión: que todo pasa... Que venimos sin nada y que sin nada nos marchamos... Que solamente el amor y la entrega no tienen fronteras, y que ese irnos lo sentimos sin prisa, pero continuo cada día que pasa. Tal vez los presentes observábamos  como nuestros conocidos, venidos para el fin que nos ocupa, eran distintos físicamente cuando lo habíamos visto por primera vez. Y es que irremediablemente caminamos hacia el túmulo funerario, que ahora contemplamos.

Mientras se desarrollan estos pensamientos nos encontramos casi en el final de la función exequial. Momento tenso y extraño: se diría que viviésemos una romántica leyenda bequeriana... Los oficiantes forman la procesión hacia el exterior, tras ellos y llevado por cuatro religiosos avanza suavemente el soporte, que lleva el féretro del sacerdote difunto. Los frailes cantan versículos propios del oficio de requiem: "Que al paraíso te lleven los ángeles y al llegar te reciban los mártires, con palmas en las manos"...

Y prolongando la reflexión, igualmente cabría pensar que también a nosotros nos tocaría realizar el oficio de mártires algún día y recibir en el más allá a los que viene detrás ¿O es que bajo aquel tocado dorado de aquella dama, no se oculta algo de martirio? ¿O quizás también tras el impecable traje blanco de aquel caballero? ¿O porque no hay parte de mártir en esta otra señora de brillantes pendientes y cuidado pecho? ¿E incluso escondido martirio en el atuendo litúrgico de aquel presbítero,  que recita junto a los demás la fúnebre oración...?

Despedido parcialmente el cadáver, en el atrio de la iglesia, se interrumpe por algún tiempo la trayectoria del último adiós a la persona estimada. Es el momento en el que los presentes intercambian vaguedades entre si, queriendo disimular sosiego y serenidad, cuando en el fondo late la preocupación por lo desconocido.

Tras breve espacio nos encontramos en ese lugar llamado, no sé por que, cementerio. Es el final de la celebración. ¿El final o la continuación...? Dicen que aquí los muertos esperan el final de los tiempos. ¿Qué final? ¿Qué tiempo? No..., son dudas producto de la vivencia del momento... Dios es el tiempo, Dios es el final... Y el ataúd desciende despacio a la fosa... Y los acompañantes, mientras esto sucede, cantan la "Salve Regina" a la Madre y Señora del Carmelo, con la seguridad de que a esas voces conventuales, vivientes en la tierra, estaba unida la voz del que enterraban y vivía en la presencia para la que ofrendaban tan carmelitana oración...: Ella, que con toda seguridad ha preferido quedarse en el iluminado camarín de su retablo, para dar respuesta a otras oraciones que buscan el consuelo de su maternal amor.

Regresamos: el silencio era la nota común de cada uno de los caminantes. La tarde se hizo más fría y más gris. En los oídos sentíamos todavía el silencioso tañer de la campana del cementerio, que había acompañado con su luctuosa melodía la conducción del difunto por el recinto funerario y en la mente había quedado gravada la estampa singular de la Virgen del Camarín, con tan significado pose...

La reflexión afloró de nuevo en el infinito de nuestra existencia... Y en el ocaso de la tarde latió un luto esperanzador en el Carmelo, que hace siglos reformara Teresa de Jesús.

<< ... y adonde no hay amor, ponga amor,

y sacará amor>> (S. Juan de la Cruz)