SANTA
JULIANA FALCONIERI
Respecto a Santa Juliana decir que sobre su vida tenemos poca referencia, destacar de ella no solo que vivió o convivió con los inicios de nuestra orden, sino que con el correr del tiempo fue reconocida como “fundadora de la rama femenina de la orden”.
Dentro de nuestra liturgia se celebra el 19 de Junio como fiesta, y para las monjas y hermanas como solemnidad.
Fray Pablo Attavanti (s. XV), recogió las tradiciones orales acerca de la vida de la Santa Florentina y la recopila en dos escritos que llevan por título “Diálogos sobre el origen de la orden” y “Cuaresmario”, de los cuales no disponemos versiones en español, solo se refleja en la liturgia de las horas de la O.S.M. resúmenes de las mismas. En ellos se narra que Juliana, siendo una joven de quince años, oyó a San Alejo que predicaba sobre el juicio final, y se inflamó de tal manera en el deseo de los bienes celestiales, que se entregó de lleno a la contemplación y al seguimiento de Cristo.
Así pues, comenzó a frecuentar la incipiente familia de los Siervos y quedó tan hondamente admirada de su estilo de vida evangélico, que no dejó de implorara a la Reina del cielo y a sus padres hasta que logró vestir el hábito de los Siervos. En compañía de otras jóvenes y piadosas mujeres que, incitadas por el mismo ideal de penitencia y caridad, buscaban una vida de mayor perfección, acudía habitualmente a la Iglesia de los Siervos de Cafaggio, la futura basílica de la Anunciación, que se levantaba junto a las puertas de la ciudad; allí participaba en los divinos oficios, cantaba las alabanzas de la Virgen María y servía a todos los hermanos, especialmente a los pobres. Juliana fue un excelente modelo para sus compañeras que deseaban seguir más cerca a Cristo, bajo la protección de la Virgen, por lo cual llegó a ser considerada como “iniciadora de las monjas y hermanas Siervas de María”, como leemos en el mencionado Cuaresmario.
Dio pruebas de ser fiel discípula de Jesús y de la Virgen, consiguiendo la victoria en su lucha contra el mundo, el demonio y la carne y, aunque era una delicada doncella, la firmeza de su virtud resplandeció ante la mirada de todos. Su santidad se hizo patente a través de signos prodigiosos, especialmente en la hora de su muerte. En efecto, cuando Juliana yacía extenuada a causa de los cilicios, vigilias, oraciones y ayunos, su estómago no podía retener alimento alguno; ella, en la imposibilidad de recibir el Viático, pese a que lo deseaba ardientemente, pidió con insistencia que le pusieran sobre el pecho el Santísimo Sacramento.
En la Edad Media se acostumbraba dar este consuelo a los enfermos que abrigaban el deseo de comulgar pero no podían hacerlo a causa de su dolencia; el rito iba acompañado de una oración en la cual el sacerdote pedía a Dios que santificara –mediante el cuerpo de Cristo- el alma que había infundido en aquel cuerpo.
Juliana obtuvo la dicha de ese consuelo, y luego expiró dulcemente. Según una piadosa tradición, la hostia consagrada desapareció de su pecho, como si hubiese penetrado milagrosamente en el cuerpo de Juliana. Sus restos reposan en la Basílica de la Anunciación de Florencia. Fue canonizada por el Papa Clemente XII, en el año 1.737.
Con el paso de los siglos, muchas mujeres han adoptado el género de vida de los frailes Siervos de Santa María, como modelo del seguimiento de Cristo y de servicio a la Virgen. Algunas viven en su propia casa, otras en comunidad. Tienen a Santa Juliana, después de la Virgen, como maestra de vida espiritual y de actividad apostólica, y así, aunque esta Santa Florentina nunca fundó ninguna congregación religiosa, la invocan y veneran como “madre”.
Su principal carisma aparte de su piedad mariana era su amor a la Eucaristía, ella por su fe fue enriquecida del generoso fruto de María, Cristo, Santa Juliana cual virgen sensata preparo su lámpara con el aceite de la caridad. El Señor la encontró vigilante y la llamó al banquete de bodas. Mujer virtuosa porque comiendo el Pan Eucarístico se fortaleció en la Fé, se afianzó en la Esperanza y progresaba en la Caridad.
Oración:
Dios
nuestro,
que
por medio de Santa Juliana Falconieri,
modelo
de castidad y penitencia, hiciste florecer
en
la Orden de los Siervos de María
una
familia de vírgenes a ti consagradas,
haz
que la Iglesia, esposa de Cristo,
mantenga
constantemente encendida
la
llama de la virginidad fecunda.