SEPTENARIO 2.005
LUNES 12 DE SEPTIEMBRE, 4º DÍA DEL SEPTENARIO
(Homilía del Rvdo. P. D. Germán Jiménez Tirado, Mercedario de la Caridad de Tarancón, Cuenca)
Querida Fraternidad Servita de Cádiz; hermanos todos.
A los pies de esta bella imagen de Ntra. Sra. de los Dolores, de manos apretadas, recogidas en oración, expresión del dolor suavizado de esperanza, me siento feliz, y a la vez abrumado, por haber sido llamado a honrar a Ntra. Santísima Madre.
Como
Mercedario de la Caridad, hijo de la Madre de la Misericordia, de la Madre que sufre en el
dolor de su Hijo, el dolor de toda la Humanidad, que sufre el dolor por amor, me
siento identificado con esta imagen que expresa, no sólo el sufrimiento de su
propio dolor, sino también nuestro dolor.
Es madre de misericordia porque, como la misma palabra indica, su corazón de madre amorosa sufre la miseria de nuestros corazones doloridos.
Le duele el dolor de su Hijo, le duele el dolor de sus hijos; le duele mi dolor, le duele tu dolor, le duele el dolor de cada uno de los que estamos aquí.
Cada espada en su corazón asume, expresa y repara el dolor de la Humanidad sufriente. Es madre en sintonía con el corazón humano, es madre que sufre por amor. Todo el dolor de la humanidad se refleja en el símbolo de la Orden Servita, que no es sino el corazón traspasado de dolor misericordioso.
Lo que nos conmueve no es el dolor de ella, no es un dolor para ella, no es un dolor por ella, es el dolor con ella, el dolor compartido desde el amor de madre.
Pero el dolor que vamos hoy a meditar es el encuentro de Jesús con su madre en su camino hacia el calvario; o también el encuentro de María con Jesús en su camino doloroso por amor. No sabemos en dónde poner la fuerza. Porque ¿quién encontró la fuerza en esta sintonía, en este cruce de miradas, en esta comunicación silenciosa?.
No hay un texto bíblico que refleje este encuentro, pero sí una larguísima tradición de que. entre las mujeres que Jesús encontró en la simbólica calle de la Amargura, -yo más bien diría calle de la Esperanza-, se hallaba su Madre, nuestra Madre, sintiendo en sus entrañas el desgarro de ese Hijo maltratado injustamente por tantos hombres esclavizados por el egoísmo.
Un
cruce de miradas, casi de reojo. Una mirada que no sólo es de lástima, una mirada que comprende y comparte el sentido de tanto dolor sin
sentido, de tanto dolor injusto.
El encuentro de Jesús con María no es como el encuentro final a los pies de la cruz. Es un encuentro en el camino de la vida, que marcha hacia la muerte asumida por amor, de una muerte redentora que llenará de sentido no sólo la vida personal de Jesús, la vida personal de María, sino la vida personal de toda la humanidad.
Una muerte que traspasa sus propios límites y trasciende hacia el infinito; una muerte que traspasa los umbrales de este mundo para acogerse en los brazos amorosos del Padre.
No es una mirada vacía, no es una mirada únicamente lastimera, no es sólo una mirada dolorida por el aquí y ahora. Es una mirada cargada de Esperanza, que sabe hacia donde camina y asume con el lógico dolor humano el gran grito del Aleluya.
Jesús no necesita decirle nada a su madre aquello que les dice a las demás mujeres: “Llorad por vuestros hijos”. Nosotros, esos hijos de aquellas mujeres, hemos herido el mundo, hemos colaborado en el mal, hemos llenado de injusticia y hemos acrecentado el dolor de muchas personas. Ese es el dolor que le duele a Cristo, ese es el dolor que le duele a María: el dolor injusto, el dolor innecesario, el dolor causado por nuestro egoísmo.
Pero en esa misma calle, camino de la Plenitud, asume y comparte con María, y María comparte con Jesús, su muerte Redentora.
De ahí que María sea corredentora, porque ha asumido con Cristo, camino del calvario, el misterio de su Cruz, el misterio del dolor humano.
Por eso este encuentro, decía, es un encuentro en la calla de la Esperanza, un encuentro en el que se unifica toda la capacidad amorosa del nuestra Madre en ese corazón suyo misericordioso traspasado por siete dolores.
En la primera lectura que hemos proclamado del libro del Eclesiástico, referida a la Sabiduría y aplicada simbólicamente a nuestra Madre, se nos dice: “Yo soy la madre del amor puro, del temor, del conocimiento y de la Esperanza Santa”.
El amor puro es Caridad, amor sin nada a cambio.El temor, como decía anteriormente, es temor por el dolor de “vuestros hijos”. También es Madre del conocimiento y sobre todo es Esperanza Santa. Ella es madre de esperanza… de vida… y de virtud.
El salmo responsorial es un cántico en el que María usando salmos veterotestamentarios entona el que podíamos llamar el Salmo de los Salmos: el Magníficat.
La grandeza de María, por la que le felicitarán todas las generaciones, no es sino asumir su propia debilidad, su pobreza radical e invocar su misericordia.
María es grande porque es pequeña, es grande porque es sencilla. Y es sencilla, no porque lo diga, sino porque se siente pobre y necesitada de misericordia.
En el Evangelio tan conocido de la Anunciación o de la Encarnación, quería destacar hoy, no tanto el “Hágase en mi según tu palabra”, que tantas veces hemos meditado, sino más bien aquello que el ángel le dice: “Alégrate”.
Dolor-Alegría, porque el dolor en sí mismo no tiene sentido, el dolor es objetivamente malo; buscar el dolor por el dolor es algo enfermizo, patológico.
En la mirada de Jesús y María, en ese encuentro amoroso, estalla una luz de esperanza.
En ese momento resonarían en el corazón de María las palabras del Magníficat, sus propias palabras: “Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”.
El Magnificat es un programa de la propia vida de la Virgen y un paradigma, un modelo para nosotros, y la alegría está presente en el dolor de la incomprensión de la gente en el mismo momento en que ella dice sí.
Ella sabía que nadie comprendería ese embarazo y el riesgo que corría. Y dijo sí. El mensajero, el ángel, la invita a la alegría. Es la primera palabra con la que el cielo se encuentra con María: “Alégrate, llena de gracia”. Alegría y gratuidad. Alegría y regalo de Dios: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”.
La causa de su alegría es el reconocimiento en ese Hijo, que tantas veces ha abrazo, en ese Hijo, que se arrastra hacia el calvario, de Dios su Salvador.
Por eso decía que el camino de la cruz, el encuentro con María, es siempre camino de la Alegría.
Este cuarto dolor que estamos meditando, no puede quedarse en una pura contemplación o en un sentimiento compartido.
María, hoy, nos invita al encuentro con Jesús. Un encuentro que muchas veces estará cuajado de alegría, otras preñado de dolor, pero siempre un encuentro esperanzado, un encuentro confiado en su misericordia. Porque Dios no nos ama por lo que somos sino a pesar de cómo somos.
Nos invita también a asumir la mirada de María, una forma de entender la vida el estilo de María: compartir el dolor de tantas personas que sufren a nuestro alrededor, ser servitas, servidores de esperanza en un mundo que se debate en el dolor y tantas veces en la desesperación.
Compartir el dolor es ya llenarlo de esperanza. Nuestra misión, vuestra misión, como Hijos y hermanos de la Virgen de los Dolores, es ser signos de misericordia para todos los que se acerquen a nosotros.
El camino de la cruz nunca es fácil. Tomar la cruz de cada día y seguir a Jesús tampoco. Pero de la mano de María podremos llegar un día a ser glorificados como ella.
Este es mi anuncio de Esperanza en el centro del dolor del encuentro de madre e hijo camino de la cruz.
Que así sea